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Sí, me acuerdo perfectamente de aquel día triste y alegre, en el 20 de noviembre de 1975. Mi mujer cogió los niños y marchó a dar una larga vuelta por La Bañeza, mi pueblo, mientras yo pasaba una y otra vez la brocha por las puertas que había sacado de quicio. Lo mismo que los más recalcitrantes franquistas. En aquel día de luto en las mangas y alegría en la mayoría de los corazones españoles. Entre dientes silbaba una habanera. Entre dientes para que ningún vecino supiera de mi congratulación por la muerte en la cama de un hombre que había dictado la vida de millones de españoles en los últimos 39 años.
Sí señor, me acuerdo perfectamente de este episodio de la historia de España, desde el punto de vista de un trabajador que había soñado muchas veces con vivir en democracia. Lo mismo que no me acordaba del fusilamiento de José Antonio Primo de Rivera. Porque en aquel entonces, 20 de noviembre de 1936, yo no estaba aún ni en la estantería de mi próxima nacencia. Quisió que diría mi suegro. Por cierto también había nacido un 20 de noviembre de 1918.
Y es que hay que ser retorcidos hasta para marcharse a casa. El tío Zapatero, José Luís Rodríguez para los no amigos, no tuvo otro día para convocar las elecciones que le daban la vuelta a su tortilla política, para salir pitando de la Moncloa. “Hay que ser retorcido y estar cargado de mala leche, después que los suyos le dieran la patada en el culo”, apuntó mi buen amigo Policarpo Navarro Sánchez, el día que anunció la fecha de las elecciones, en cuya campaña electoral nos encontramos. Pero, no, no voy a hablar de campaña ni de mítines, ni de las chorradas y ocurrencias con las que se van iluminando los candidatos de todas las listas presentadas.
Podía haber convocado dos meses antes estos comicios y los ganadores ya estarían trabajando por sacar adelante sus ocurrencias, por empezar las maniobras que han de dar estabilidad y credibilidad a los mercados, para poder intentar frenar la sangría del desempleo. Pero no. Tenía que ser un 20 de noviembre. En los aniversarios de las muertes de Franco o de José Antonio o el nacimiento de mi suegro.
Para que cuando los votantes echemos nuestros votos en las urnas pensemos aquello de “nihil ad hoc tempus” (no es ahora el momento) que dirían los romanos. Un flete, este de la Moncloa, que hasta en esta ocasión ha querido seguir resucitando las dos españas. O simplemente que mi familia ponga una oración por la desaparición de mi padre político.
Hay que ser retorcido. O tal vez no. El otro día, cuando iba a León con mi mujer, comencé a pensar en alto y se me ocurrió decir: “Si te dijera que siento un poco de pena satírica por Zapatero”. Mi santa se volvió hacía mí y me espetó: “Sólo faltaba que ahora te empezara a remorder la conciencia por las diatribas que le has dedicado en público y en privado”. “No”, contesté, “¿pero no de das cuenta que no deja de ser un árbol caído del que todos intentan hacer más leña, lo esconden en el armario del olvido y del que nadie se ha acordado en esta precampaña y campaña electoral?”.
Hay que ser retorcido. O a lo mejor no. Porque José Luís a lo mejor puso esta fecha en honor a San Octavio. Militar y mártir. Patrono de la ciudad italiana de Turín. Un santo intrépido, que con sus compañeros Adventorio y Adjutor, se escaparon varias veces de la cárcel, hasta que fueron cargados de cadenas para ser decapitados un 20 de noviembre, allá por los años del siglo III después de Cristo, en la Plaza Mayor de Turín.
Quisió que diría mi suegro, que también nació un 20 de noviembre de 1918. Todo puede ser con este flete de la Moncloa, que ese día, con toda seguridad, será el principio del fin de su larga y desdichada carrera política y que, aunque nació en Valladolid, va diciendo por ahí que es de León.
Pero como dice la canción que “todos somos de León…”, todo sea dado por bueno y loado sea Dios que todo lo sabe y todo lo perdona. Por eso, el 20 de noviembre: San Octavio. Que nadie piense mal, coño.
Yaménjesús.
