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OPINIÓN POR POLO FUERTES
Adiós, invierno, adiós
Pues todavía habrá alguien que, allá por los calores de agosto...,
14/04/2010
CON VENTANAS A LA CALLE
...diga que no hubo apenas invierno. Lo dije el año pasado por esta fechas, cuando la puerta del invierno seguía sin poder cerrarse y la del verano aún estaba por abrir (aquí, en estas tierras de Jesús Divino Obrero, oséase, León, no hay ni primavera ni otoño como Dios manda), y apareció algún cantamañanas que negó el invierno, a pesar de que no lo comió ningún lobo.

Ya digo, siempre habrá desmemoriados de siete meses. Sin embargo, este invierno que ha pasado (bueno, que está pasando, oiga) ha sido como los de nuestra niñez. Esa niñez de hombres de mi generación, que empezamos a escarbar en una edad provecta. Inviernos de nieve, frío y sabañones, en los que muchos tejados sin canalones, se convertían en fábricas de chupiteles de carámbano, de estalactitas de hielo que, más de una vez, servían para que los chavales pudiéramos degustar un helado de agua de teja, cuando la nevada de la techumbre se deshelaba durante el día y se volvía a congelar por la noche.

Fue éste, un invierno duro. Nevó como mandan los cánones y heló hasta las razones de cualquier huerto; sin contar los vientos que se llevaron hasta los pecados del alma. Por eso, cuando el sábado antes del Domingo de Ramos fui a la huerta a cortar unas ramas de laurel para procesionar la ‘Borriquita’, me encontré que lo había quemado el frío. Luego comprobé que no era el único que tenía problemas con el laurel en la procesión, lo mismo que los que habían apostado por los ramos de olivo.

Y no solo en estas tierras de Jesús Divino Obrero (en contraposición a las de María Santísima, máxime ahora que un partido ha perdido la o de obrero) fue duro este invierno. Que de Despeñaperros para abajo en las ya citadas tierras de María Santísima y del Puerto de Béjar hacia el sur, donde César Augusto puso los primeros miliarios de su Vía Augusta entre Emerita y Asturica, también tuvieron su penitencia en forma de lluvia, temporales y hasta nieve. Un cañón de borrascas que se formaban allí donde las Canarias amerizaron en el Atlántico, disparaba trombas de lluvias y copos, isobaras de vía estrecha que ponía patasarriba las carreteras, los ríos y arroyos, los embalses y pantanos, las calles y plazas de Andalucía, Extremadura y Castilla La Mancha.

Joder, que invierno.

Por eso, cuando se empiezan a ver las primeras rendijas de la inexistente primavera leonesa, los que hemos entrado en la cofradía de la 'cojonada' (en forma de horticultores) nos hemos puesto a sembrar patatas y alubias para fréjoles y a plantar cebolletas y tomates (gracias, amigo Tomás, por tus plantas patanegra). Queremos espantar como sea los rigores del invierno que han helado árboles y arbustos y, a algunos…, las ideas.

Pero en esta columna no quiero hacer sangre ni poner a parir a nadie. Tiempo tendremos para hablan de parados y soluciones de perra gorda; para escribir de obras y culturas; para pensar en subvenciones que no llegan, promesas imposibles de cumplir, huertos solares fotovoltaicos, que siguen generando ganancias durante la noche; para opinar de carreteras y autovías que tienen pocas ganas de sacar adelante los fletes correspondientes y barandas con mando en plaza.

Porque ya es primavera (aunque sólo sea en el Corte Inglés). Y a pesar que la azucarera de mi pueblo, La Bañeza, sigue en campaña, porque este terrible invierno que estamos a punto de dejar atrás, se ha estirado como un chuche fabricado a base de ese azúcar que salé de sus tanques, los hombres del campo, los de la ‘cojonada’ piensan que hay que tirar para adelante y volver a sembrar cultivos en alternancia con la remolacha.

O sea, los cereales, las legumbres, las patatas y algunos de nuevo cuño, en  estas tierras a orillas de los ríos Órbigo, Tuerto, Eria, Duerna, Jamuz o en los altos tesos del Páramo, donde aún se atascan los tractores y en muchas fincas todavía tiritan las mazorcas de los maíces.

Pero ya digo, todavía habrá algún zángano en el mes de julio o agosto que diga que en estos tiempos ya no hay inviernos. Cagüendiosla.

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