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REPORTAJE 
Adopta a Platero
Aldeadávila de la Ribera acoge la primera protectora equina, un centro que cuenta con una treintena de animales abandonados o que ya no son queridos
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Y.R.T.       01/01/2012
Daniel Cruz, responsable del refugio de animales de la "Aldea del Burrito" se dedica a la recuperación, protección y puesta en valor de los equinos y fauna silvestre amenazada. (Foto: Ical)
Daniel Cruz, responsable del refugio de animales de la "Aldea del Burrito" se dedica a la recuperación, protección y puesta en valor de los equinos y fauna silvestre amenazada. (Foto: Ical)
Al igual que el Platero del poeta Juan Ramón Jiménez, el burro gris que responde a ese nombre en el refugio salmantino de ‘La aldea del burrito’, también es “pequeño, peludo, suave, tan blando por fuera que se diría todo de algodón...”.

Tanto se parecen que es inevitable probar si llamándolo vendrá “con un trotecillo alegre”, y así es, Platero acude a la llamada, baja la cabeza en busca de una caricia y aprovecha además para dar un mordisco a un cuaderno, en un tira y afloja en el que parece que sonríe, porque tiene los ojos ligeramente achinados. Así lo ven también los niños que participan en los talleres que organizan con fines terapéuticos en este centro, que es pionero en Castilla y León, como refugio para estos animales. Quizá por eso, los burros les dan confianza.

Como Platero, hasta un total de catorce burros, un caballo y cuatro ponis, tienen una segunda oportunidad en la vida, la que les brinda este centro situado en el municipio de Aldeadávila de la Ribera (Salamanca), aunque necesitan de alguien que les “adopte”, con una aportación económica simbólica, para que continúe esta protección.

Después de haber servido durante años al hombre en las tareas más duras y tras soportar cargas sobre sus espaldas que les han dejado rendidos por el exceso, algunos de estos animales fueron abandonados a su suerte, porque sus dueños no podían hacerse ya cargo de ellos o porque ya no les eran útiles.

Uno de los promotores de este refugio, Daniel Cruz, explica que cuando los hombres que trabajan en el campo envejecen, van a la residencia o al cuidado de otros familiares, los perros u otras mascotas a las protectoras, pero sin embargo, los burros o caballos que tan necesarios fueron para las labores del campo en esta tierra de montaña, no tenían un lugar donde “jubilarse”.

Esta es la historia de Zapatones, el burro más viejo del refugio y que pertenecía a un agricultor de Mieza, pero también la de otros muchos, como Bandido, Dalton o Abraham Lincoln, conocido así por sus peculiares “barbas”.

En otros casos, los burros han sido el “juguete” de alguien en una finca, hasta que sus propietarios se cansaron de ellos, como les ocurrió a los ponis Romeo y Zaleo, que ahora campan a sus anchas en un cercado de la aldea.

También los pequeños Pompas y Burbujas llegaron al refugio porque fueron desechados tras adquirir una mala conducta, “mordían mucho”, quizá cansados de los “trotes” a los que se les sometía cada día en diferentes ferias. Cruz explica que ya han logrado reconducir esta manía y ahora se han convertido en los preferidos de muchos niños que acuden de visita al centro o que participan en algunas de sus terapias, porque estos animales sirven para mucho más que para cargar.

Varios ejemplares que están en la 'Aldea del Burrito'. (Foto: Ical)

Asinoterapia

Los equinos, son animales cariñosos, curiosos y que disfrutan de la presencia de niños y mayores, incluso Pompas y Burbujas, tras su proceso de reeducación, y Cruz recalca que los beneficios de la interacción con los animales están “más que comprobados”, por ser son una fuente inagotable de cariño, compañía y efectos positivos para la salud.

En el caso concreto de las terapias con burros, conocidas como Asinoterapia, son beneficiosas en el cuidado y tratamiento de personas con problemas físicos y mentales, porque el contacto repetitivo con estos animales mejora el equilibrio, contribuye al desarrollo de los músculos finos y, gracias a la interacción, se estimula el vocabulario, se reduce la hiperactividad en los niños o la falta de atención, entre otros aspectos.

Consiste en tocar al animal, a través de la exploración de su cuerpo, de estar en contacto con él y sus necesidades, como son la alimentación, el cepillado y sus paseos. Para ello, es necesaria la comunicación directa verbal y no verbal que se establece, con las caricias, contemplación y la admiración, que es lo que genera una estimulación favorable.

En este refugio ya se han llevado a cabo terapias con grupos de niños con discapacidad, en concreto con personas sordo-ciegas y la experiencia fue “muy enriquecedora”, porque aunque los canales auditivos y visuales son importantes para las terapias, el kinestésico (táctil-emocional) es el que mayor impacto terapéutico produce.

Ayudas para su mantenimiento

Los promotores de esta idea confiesan que debido a la situación de crisis por la que atraviesa el país, cada vez es más complicado mantener el proyecto y por ese motivo han decidido “adaptarse” y “entrar en el mercado sin complejos”.

Aunque los vecinos de la zona se han volcado con la iniciativa, donando sus terrenos e incluso con “clases prácticas” y consejos para el cuidado de los animales y los trabajos propios del campo, la mala coyuntura económica está obligándoles a impulsar medidas novedosas para continuar con su labor.

El refugio tiene cinco hectáreas y media de terreno y en la actualidad no reciben ningún tipo de ayuda, por lo que a través de su página web los amantes de los animales pueden contribuir para mantenerlo. Existe la posibilidad de “adoptar” a alguno de estos animales, aportando cantidades para su manutención o se puede hacer donaciones para posibilitar esta tarea, en la que trabajan cuatro voluntarios durante los fines de semana y dos personas de forma continúa.

Cada animal necesita para su manutención 1,5 euros al día y el centro no para de crecer. Por ese motivo, se están planteando el convertirlo en un “mini zoo”, donde los equinos son los protagonistas, pero en el que también tienen cabida otros animales característicos de la zona y algunos menos característicos, pero que también necesitaban un hogar. En este refugio, los caballos comparten su casa con corzos, gallinas, cabras enanas, mapaches, avestruces o un zorro y la visita se completa con un museo etnográfico que recrea la vida rural de la comarca de Las Arribes del Duero.

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