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Lo habitual, lo frecuente, en estos tiempos mediocres de solemnidad, es tener que aguantar al “rico mequetrefe”, al “cisne de ribamorta”, que predica igualdad y progresismo acomodado en su lujoso chalet con jardín, piscina y cancha de tenis, en Pozuelo, Las Rozas, o en alguna zona noble y residencial de Madrid. Desde su comodidad, desde su “santo santorum materialista” vive a lo rico y a lo grande, sin mezclarse con la gente de carne mortal, porque eso sería rebajarse mucho. Si tienen el teléfono de algún “elemento” así, prueben a llamarlo a las doce del mediodía y verán que contesta una de las “criadas” y dice: «…no está el señor… ¿quiere que deje aviso para el señor?
Se chulean de “antifranquistas”, pero suelen ser hijos de caciques de villas medianas o grandes, en las cuales sus progenitores mamaron siempre del poder, mandara quien mandara, y ejercieron el “santo oficio” de notario, registrador de la propiedad, recaudador de impuestos, juez, o cualquier otra función pública de mucho predicamento. Disfrutaban tanto de su derecho de pernada que hasta el dictador Franco clamó al cielo alguna vez (pocas), se asombró, y no tuvo más remedio que “removerlos” un poco de sus privilegios y cortarles las puntas de las alas, para que no pudieran seguir abusando del pobre y sufridor pueblo paleto e ignorante.
Es verdad que hay de todo pero, en líneas generales, no se fíen nada de esos progresistas que proceden de familias poderosas, cuyo único “problemilla” con Franco no fue ocasionado por salir en defensa de la libertad, de la justicia, de la democracia; sino por defender sus propios intereses de casta, clase, o corporación familiar…
«Un hombre listo, notario del reino, llamó a sus nueve vástagos y les dijo: Franco no vivirá siempre, hay que prepararse. Si hubiera cambio de régimen y volvieran los partidos políticos, no se os ocurra estar todos en el mismo. Os quiero a dos o tres en cada uno, en cada bando, y así siempre ganaremos y mandaremos nosotros».
Les cuento una historia: «Un día de verano de a mediados de los sesenta del pasado siglo, con el calor de las dos de la tarde, un chico de doce años regresaba a casa por el Camino de Santiago, cargando al hombro una cesta con diez o doce kilos de ciruelas claudias. De pronto oye los cascos de un caballo que se acerca velozmente, pero ya sólo le da tiempo de arrimarse a la orilla, contra los “escambrones da beira”. La noble bestia no puede evitar atropellarlo. Cae el chaval, las ciruelas por el suelo. La joven amazona no se para, sigue disfrutando de su montura, de su paseo hasta la enorme finca de recreo de sus poderosos padres. Tan poderosos que hasta el caballo se lo había prestado la guardia civil».
Pues no vean ustedes, amigos lectores, lo “progresista” que dice ser hoy esta señora, y lo mucho que cuenta que luchó contra Franco, cuando estaba en la Facultad de Derecho de una capital de provincia del norte, que no voy a poner aquí por si acaso…
Estos “antifranquistas”, ni nacieron ni se hicieron, se inventaron. Se inventaron a sí mismos, años después de la muerte de Franco.
Lo escribo con toda burbialidad, como siempre.
