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La desesperada realidad de la historia es que el señor atracador cuenta con una pensión conjunta, es decir, con dos –supongo que la propia y la de su señora- por un importe total de 1600 euros -o lo que es lo mismo, 0,30188 suculenta pensión-. Pero lo cierto es que ese casi tercio de suculencia -¿qué nombre tendrá un tercio de suculencia dividido entre dos vidas (0,15094) de mucha edad además de sexto de suculencia?, no lo limpia, no lo fija, no lo esplende la Academia- se va mes a mes, semana a semana, día a día, los primeros días de cada mes, vamos, y en su totalidad práctica –repitamos, práctica totalidad, real no ficticia, ¿se entiende?- a pagar la residencia en la que se encuentra ingresada su señora. No preguntemos las causas, evitemos el morbo, a qué más saber. Imaginemos. ¿Quién no sabe...?
Sin duda algún espíritu bien establecido en el vigente orden de las cosas se haya alarmado ante este síntoma de un posible incremento de la inseguridad ciudadana. Pero si fuésemos capaces de dar un paso más a qué deberíamos en conciencia llamar inseguridad ciudadana.
Puede haber, ya no digo sentirse a los 72 años, mayor inseguridad ciudadana, íntima, personal, que a la que se enfrenta cada mes este hombre y tantas personas más en la actual crisis del capitalismo –no es otra cosa- que deben pagar, que pagan, que pagamos los más débiles, quizás con menos, es posible, pero sí con lo más necesario: la mínima supervivencia, la des-esperanza. Cuando hablamos del Estado del bienestar, del estado del bienestar de quién hablamos, de cuántos...

La detención del atracador fue posible gracias a la colaboración ciudadana dice el último párrafo de la mala nueva. No lo crítico. Tan sólo caigo en la cuenta de que la colaboración ciudadana –incluyo la mía- también ha sido y es necesaria para haber llegado a este estado de cosas. Llegamos a pensar, o ni siquiera lo pensamos, lo creímos sin más, que el capitalismo, con perdón, se había superado a sí mismo, que por fin se había humanizado, que por fin nos absorbía, nos integraba.
Ya vemos que no, que nos mantenía en la cámara ilusoria, fría, dispuesto a exprimirnos cuando la merma de los flujos económicos exigiese nuestros jugos. ¿Se ha volatizado, la prosperidad, la riqueza, el dinero? ¿Quién, qué manos, qué rostros, lo acumulan? Vieja historia, película vista. Y en ella, mi colaboración ciudadana de extra, figurante entre los cómplices. ¿Quién dijo lo del fin de las ideologías? ¿Cuándo más necesarias? Habrá de pensarse.
