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Me refiero ¡claro está!, a los “profesionales de la mentira” que nos mienten siempre, sin pararse en barras, sin permitir que la verdad les perturbe. Estos canallas han destrozado la unidad de España, el incipiente Estado de Derecho, la Constitución, la Economía. Todo lo que tocan lo manchan, lo descomponen. La ética, la honestidad, la moralidad de las instituciones y de los “servidores públicos” las están barriendo sin más dificultad ni inconveniente que una pasajera polvareda.
Querer vivir sin trabajar bien y sin esfuerzo, puede ser una gran aspiración que hay que respetar e incluso comprender…, pero es imposible –al menos para mí– soportar que nos manden y nos maltraten y se hagan ricos robándonos.
Como ya no encuentran ningún George Bush, ningún Aznar al que echar las culpas de este desastre general, buscan y encuentran el chivo expiatorio que siempre es la Iglesia Católica. A los católicos nos convierten en “los burros de los palos”: ya no vamos a poder llevar la cruz en el pecho ni la bandera de España sin pasar por radicales extremistas provocadores.
Estos del gobierno y los que los sustentan no pasan de ser unos simples –pero peligrosos– “agitadores”. Tanto el fracaso del PP como el triunfo del PSOE y de los nacionalistas explican a la perfección la carencia de valores, la ruina moral y ética de España.
No me vale, no acepto eso de: «Consumo, luego existo». El ser humano no debe ser considerado simplemente como un “elemento que consume”, pues, la política y la economía sin ética y buenos valores nos han traído hasta aquí, hasta este desastre sin paliativos.
Confieso que me gusta mucho ir de “picos pardos” a las Médulas, a la Leitosa, a Castro Ventosa…, pero estoy incondicionalmente a favor del Crucifijo y de la doctrina Católica.
España va camino de convertirse –aún más– en un gran “matadero industrial”, ilegítimo, sin condiciones higiénicas…, porque sus “mandamases” son tan retorcidos como una “bilorta”, o un “brincayo”, y lejos de unir con lazos de solidaridad y entendimiento, acabarán destrozándonos a todos.
No tienen perdón de Dios…, y el señor Bono menos. ¡Qué los excomulguen!
