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«La Metrópoli compostelana llegaba a su apogeo, en importancia civil, política y religiosa, merced al apoyo de D. Fernando II, rey de León, que daba en señorío a la mitra de Santiago la villa de Ciudad Rodrigo, la mitad de La Coruña, con su coto y el portazgo de las naves que fondearan en su puerto. Más adelante también le concedía el territorio de Deza en la época del arzobispo D. Pedro Gudesteiz. Del tiempo de este prelado es la fábrica de la catedral vieja; y durante el de sus inmediatos sucesores se enriqueció magníficamente la santa basílica con el majestuoso Pórtico de la Gloria del Maestro Mateo, arquitecto de tan grande y esclarecido monarca leonés».
«En Santiago se reunieron Cortes españolas el 31 de marzo de 1520. Carecía a la sazón de voto Galicia, cuya voz tomaba Zamora. Tamaña sinrazón no debía continuar por más tiempo. Ocupaba la sede Compostelana el insigne D. Alonso de Fonseca, que al frente de otros próceres gallegos se dirigió al convento de San Francisco a pedir a las Cortes que dieran satisfacción a sus justas quejas. Todo inútil: aquellos procuradores, muchos de los cuales fueron a engrosar las filas de los comuneros, negaron a Galicia lo que con indiscutible derecho reclamaba». De estos tiempos, procede la costumbre, que hubo en Santiago, de salir todos los días, al anochecer, un mozo del colegio Fonseca, para recorrer el pueblo con un farol encendido y tocando una campanilla. En las plazas y esquinas de las calles deteníase y en voz alta y pausada decía: «Hermanos, un Padrenuestro y Ave María por el alma de Don Alonso de Fonseca, bienhechor de esta ciudad».
Don Rafael de Múzquiz, arzobispo de Santiago, equipó y pertrechó a su costa, con el apoyo del pueblo, a los heroicos guerreros gallegos que se enfrentaron a Napoleón en 1808, en nuestra Guerra de la Independencia contra el invasor francés. Formaron estos valientes una famosa y aguerrida tropa, toda ella de estudiantes de la Universidad, conocida por el nombre tan ilustrativo de “Batallón literario”.
El arzobispo Gelmírez obtuvo del rey leones y emperador de España, Don Alfonso VII, el preciado título de notario mayor del Reino de León (año 1127). Distinción muy honorable que continuaron ejerciendo todos sus sucesores a través de los siglos, y que todavía se mantenía a finales del XIX.
En fin, queridos lectores amigos de Leonoticias.com, así fue y así conviene recordarlo. Otro día les contaré una bonita leyenda que todavía perdura en la Somoza y Ancares de El Bierzo, de la cual es protagonista doña Urraca I de León.
Con toda burbialidad, como siempre.
