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OPINIÓN POR JUAN GARCÍA CAMPAL
De perros... y perros
'¿Nos hablan los perros?' se preguntaba y titulaba un diario nacional uno de sus artículos de la sección de Sociedad ayer, sábado...
20/01/2008
Jazz, mi perro.
Jazz, mi perro.
DEL CUADERNO CASI DIARIO
...Semejante engañoso titular, más digno de una campaña de publicidad de artículos para canes (alimento, utensilios, bolsas para recoger sus excrementos), daba pie a una noticia que no resolvía la cuestión sino que servía de anzuelo para divulgar que un grupo de científicos húngaros desarrolla un programa informático que podría llegar a "traducir" los ladridos.

Superado el fácil tópico de "el mejor amigo del hombre" -(gilipollez suprema que parece que también extiende el citado periódico en un alarde de rigor filosófico científico)- "contará ahora con un nuevo programa informático -(cuál será el que usan ahora los perros, cánidos)- para hacerse entender mejor". Cuando leía la noticia me acompañaba Jazz, mi perro, el de la foto, que comenzaba a aligerarse de su pesado sueño y hacer los primeros reclamos de paseo matutino. Yo lo miraba, de reojo -si le enfrento la mirada es él quien me saca a pasear a mí-, y me preguntaba a quién le hace falta -si es que hace falta- hacerse entender mejor, al perro, o al hombre.

Servidor, que casi siempre en su vida ha tenido can en casa, afirma que sin duda quienes necesitamos entender mejor, y no sólo a los perros, es el hombre. O poca relación con los perros ha mantenido quien redacta la nueva, o poca atención les ha prestado. Si lo bueno del perro, acaso lo mejor, es que sólo le falta hablar. Quizás de ahí la tontería de "el mejor amigo del hombre", la total imposibilidad de indiscreción. Pero también de consejo, de comprensión, de crítica, de las divinas humanas cosas que nos brinda la amistad de otro hombre, de una mujer. Quién diga tal bobería (el mejor amigo del hombre) debería verse condenado a la peor de las soledades, la no deseada, la que quiebra mundo y vida.

El perro, sí, está ahí siempre, a las duras y las más duras, bien sabe como está uno, bien nos da su afecto, bien reclama sus necesidades (comer, beber, pasear...); siempre se alegra de vernos si le damos un trato más, o menos, justo, que también los hay que a presencia humana huyen espantados. Pero no nos comprende, se solidariza, sabe si estamos alegres, tristes, angustiados, y está, nos manifiesta su cariño, no le gusta vernos sufrir, o mejor, que manifestemos nuestro sufrimiento, pero poco más puede, ni debe, darnos que su afecto, y a su modo. No quiero que me de más, se da él, perro, y punto. No tengo ningún interés en que sepa hablar, sí en mejorarme yo mismo y prestarle algo más de atención, más caricias, más paseos, más alegrías, más cuidados.

A lo peor es importante mejorar nuestra comunicación con los perros sacarles aún mayor rendimiento, para acabar encomendándoles el cuidado de aquellos de nosotros cuya atención nos suponga una carga social o personal (no te llamo, no te visito, no te mimo, pero ahí tienes un perro que me libera y te evade de las desesperanzas que represento; hace sus cosas, sí, pero ya los japoneses andan averiguando de uno que ni eso y además irá a pilas, tiempo al tiempo).

Y mientras, cada día, más perros, despreciables, entre nosotros mismos. Cada día escuchamos menos a los demás, cada día juzgamos más al otro, cada día aguantas más los ladridos de a quienes molestas con tu libre albedrío -sin que intentes imponer nada a nadie-, de forma que casi ocupa uno más tiempo en defenderse de salvadores que en condenarse a voluntad.

No sería mucho más interesante que trabajasen nuestros sabios en un programa que tradujese las humanas palabras a su verdadera e íntima y secreta intención. ¿Se imaginan? Cuánta verdad afloraría. ¡Qué revolución! Entonces si que sería cierto aquello de Lenin, la verdad es revolucionaria, y de Jesús de Nazaret, la verdad os hará libres.

Pero seguro que todo esto lo digo porque, en realidad, créanlo, Jazz, mi genial perro, no ladra y, últimamente, vengo cansado de dobles lenguajes. Nada grave, la vida.

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