Jueves 09 de febrero de 2012 | Actualizado a las 22:16 h.
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Y es que parece ser se han despejado las últimas dudas para celebrar definitivamente, el próximo mes de noviembre, la segunda edición del Salón Internacional del Chocolate de Astorga (SICA), a pesar de lo ronceras que se están poniendo las instituciones para ayudar con subvenciones a la Cámara de Comercio local, organizador del evento, precisamente en la celebración de sus cien años de vida.
Esto es así, queridos amigos del ente cameral. Y es que Astorga no deja de ser una especie de grano en el culo de muchas ciudades grandes y sosonas. Con Obispado, Catedral, Cámara de Comercio y acuartelamiento militar es demasiado. Además, sus gentes, están rebosantes de ideas, iniciativas y buen hacer en cada uno de las iniciativas que ponen en marcha, como fue, hace tres años, aquel primer SICA.
Una especie de congreso sobre el chocolate, en un salón espectacular en la Plaza Mayor, en el que participaron chocolateros de Astorga, Madrid, León, Granada, Valencia, Cantabria, Navarra, Asturias, Cataluña, Castrocontrigo, Bélgica, Italia, México, Marruecos o Francia. A lo largo cuatro días, la inmensa carpa que cubría el empedrado central de la plaza del Ayuntamiento, de la Plaza Mayor, acogió demostraciones de todo tipo y condición, manipulaciones del cacao, elaboración de bombones o chocolaterapia en vivo y en directo.
A la vez que, de forma paralela, el Salón Internacional del Chocolate de Astorga 2007 desarrolló reuniones de chocolateros de todo el mundo; contactos de la Cámara de Comercio, propulsora y organizadora del evento, con los ayuntamientos de Turín y Astorga; la llegada del tren del chocolate, arrastrado por la locomotora mítica Mikado; cuentacuentos para chavales con demostraciones infantiles de cómo se puede jugar con el chocolate; conferencias, conciertos y no sé cuantas cosas más
Mereció la pena para los astorganos y para los casi 40.000 visitantes a la ciudad. Y creo que en esta ocasión también la merecerá, a pesar de lo rácanas que se han puesto las instituciones (léase Junta de Castilla y León, Gobierno Central, Ayuntamiento y tal; porque la Diputación parece ser que ya ofreció su granito de arena con una ridícula aportación de 30.000 euros).
Decir chocolate es, para mí, decir Astorga. Fui testigo muy directo de la creación del primer Museo del Chocolate que hubo en España, de la mano de un comerciante de telas, José Luís López García, recientemente fallecido, que en esta primera edición del SILCA, recibió un merecido homenaje de la ciudad. Quizá el hombre que más sabía de chocolate, aunque fue (alguna vez me lo dijo) incapaz de fabricar una onza y de elaborar una taza, como Dios manda, de la perfumada repostería.
Y digo fui testigo muy cercano y muy directo de su afán por abrir esa muestra, que ha sido enseña de la ciudad en toda España y parte del extranjero. Porque mi buen amigo José Luís me hizo partícipe y cómplice y, conmigo a La Crónica de León, de su idea e iniciativa del Museo del Chocolate, con la apertura de una colección de libros sobre los museos de la provincia, que el rotativo en el que yo trabajaba, allá por el año 1991. Un pequeño libro redactado y escrito por el propio José Luís, que relataba la historia del cacao, del chocolate y su relación con Astorga y de los primeros fondos que engrosaron la magnífica colección de la muestra, una de las más visitadas en Astorga, en fotografías de la empresa local, Imagen Mas.
Hace tres años, la ciudad bimilenaria de llenó de personalidades de todo tipo y condición. Desde la clase política, presidida por la entonces ministra de Sanidad y Consumo, Elena Salgado, hasta los chocolateros de medio mundo. Pero, sobre todo, Astorga volvió a ser capital del chocolate, como fue a mediados del pasado siglo, con medio centenar de fábricas en funcionamiento. Astorga volvió a manejar los efluvios de ese postre y desayuno, de esas meriendas con churros o picatostes. Astorga convirtió de nuevo al chocolate en un monumento más del que presumir, como lo hace, y muy bien, de sus más de dos mil años de historia, su cultura, su patrimonio y su bien estar. Vamos, digo yo.

