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OPINIÓN POR POLO FUERTES
Dios te ampare, hermano
Si yo fuera propenso a la depresión (toca madera, Polo)...,
04/12/2008
CON VENTANAS A LA CALLE
...que no lo soy (vuelve a tocarla, que en época de solsticios es tiempo de meigas y, aunque no creo en ellas, haberlas, hailas) estaría ya en lista de espera para sulfatarme la psique, con toda esa batería, un día sí y otro también, de despidos, eres (expediente de regulación de empleo), quiebras empresariales, caída de venta de pisos y coches y toda la pesque, que han sostenido hasta ahora el andamio de la macroeconomía.

Una macroeconomía, cuya última carambola llega siempre de tres o cuatro bandas, para sacudir al pobre trabajador que, a la postre, es el que queda en la calle, al intemperie de la vida laboral. Despidos a tutiplé que en los últimos meses han llegado en este país a la cifra de casi 7.000  diarios.

Se me cae el alma a los pies al ver en los telediarios las colas de desempleados a la espera de constatar su nueva situación en las oficinas del paro (qué desgracia, cuando debían ser, llamarse de empleo), para que cuando los afectados llegan a la ventanilla correspondiente, escuchar esa especie de "Dios te ampare, hermano" del funcionario de turno. Porque su puesto de trabajo se ha extinguido, se ha acabado, se ha esfumado de la noche a la mañana.

Les han engañado, nos han engañado. Durante los últimos años nos dieron a todos a chupar el caramelo del bienestar por todo lo alto. Nos han vendido viviendas a precios exorbitados (a plazos, pero exorbitados) que no los valían y coches de cilindradas que no podíamos experimentar y que no necesitábamos. Pero había que calentar el producto interior bruto (muy bruto, por cierto). Había que seguir subiendo las torres del índice al consumo y de las que, ahora, nos despeñamos.

Quiero ser solidario. Por eso, a pesar de mi provecta edad en la que el aspecto jubilación juega a mi favor (por ahora, ya no me queda madera que tocar), escribo en primera persona del plural. Y sigo (algo imposible, a pesar de mi calenturienta imaginación) queriendo ponerme en el lugar de esas gentes, de esos jóvenes y no tan jóvenes, que engrosan las filas de la oficina del paro, que llenan las estadísticas heladas de desempleados. Dios te ampare, hermano.

Hace ya tiempo, un muy buen amigo y compañero en las tareas de redacción de la Crónica de León, Fulgencio Fernández, quiso saber qué se sentía, en primera persona del singular y sufriente, cuando a un pobre se le despedía con la frase de "Dios te ampare, hermano". Y lo consiguió.

Ful (como cariñosamente le llamamos) fue siempre así, sigue siendo así. Durante muchos años, cada Nochebuena de las navidades la pasaba rodeado de pordioseros en las calles de León, y terminar cenando con ellos en el albergue de acogida, para poder después escribir maravillosas crónicas de una Nochebuena, distinta y distante a la de casi todos los hogares. Por eso, los que le conocíamos, no nos extrañamos de que, en compañía del fotógrafo Mauricio Peña, se liase la manta a la cabeza, que cubrió también con un gorro de lana, y se puso a pedir limosna a las puertas de la Catedral de León y después en las de Astorga. Mientras Mauri, desde lejos, fotografiaba al periodista, pordiosero por un día, que extendía su mano pidiendo una limosna por el amor de Dios.

"Mucha gente me dijo el Dios le ampare, hermano –nos contaba después -. Pero otros muchos echaron su calderilla", en una especie de escudilla que él mismo se había agenciado. El reportaje fue memorable. Como todo lo que este hombre escribe, pero más. Lo recaudado fue cedido a una organización de caridad. Pero en los archivos del periódico quedaron aquellas crónicas, en las que describe su alma, cada vez que alguien le decía lo de "Dios te ampare, hermano".

Lo peor de todo es que este desbarajuste social parece no tener arreglo a corto y medio plazo. Las gentes se siguen agolpando en colas de parados, mientras el baranda de la Mocloa, en su contumaz vagancia y demagogia (muchos de nosotros lo conocemos muy bien), sigue diciendo que no pasa nada, que todo se va a solucionar pronto. A la vez que el terraplén de la desesperación se llena de caídos, que se las van a ver y desear para sacar adelante su familia, su vida, en la que hay que seguir pagando hipotecas, préstamos o simplemente, el pan nuestro de cada día. O caer en la miseria de la degradación en la dignidad.

Y, en frente, en cualquiera de las televisiones, de las radios, de los periódicos, se pueden ver, oír, leer las estúpidas medidas que el mayor mentiroso de nuestra política nacional en los últimos años (que ya es decir) propone un día sí y otro no, sin resultados de ninguna clase, sin saber muy bien a dónde podemos llegar por esta senda de la desesperación. Y la oposición sin dar tampoco un palo al agua de las soluciones, de la esperanza, aunque sea con métodos drásticos. Una especie de "Dios te ampare, hermano", pero a lo bestia. Joder, qué tropa.

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