Viernes 10 de febrero de 2012 | Actualizado a las 22:16 h.
Enamorados
«Galletas de San Valentín, un dulce perfecto para el 14 de febrero»
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Ahí quedaron obras de la importancia de uno de los primeros museos del chocolate que se instalaron en España, la Asociación de amigos del Camino de Santiago o la media docena de publicaciones que hablaban de la empresa en Astorga, del museo del chocolate o de los maestros chocolateros de su ciudad. Hace unos días era enterrado en medio de un intenso duelo en la ciudad bimilenaria, a la edad de 82 años, a la que había cantado, ensalzado y proclamado en todos los foros a los que acudía.
A lo largo de su vida profesional fue un vendedor de telas, a la vez que se interesaba por todo aquello que iba recopilando cada vez que se derribaba un edificio antiguo en Astorga. Todo era bueno para una idea que se le había metido en la cabeza desde sus años jóvenes: intentar perpetuar en una extensa colección todo lo relacionado con el chocolate, industria boyante en la ciudad bimilenaria, a lo largo de los siglos XIX y XX, en donde florecieron cerca de medio centenar de fábricas, según referenció el propio José Luís, en su libro ‘Ayer y hoy del comercio y la industria en Astorga’, que veía la luz en 1991.
Por aquel entonces, La Crónica de León editaba una colección de los museos de León y encargó a José Luís López el que correspondía al Museo del Chocolate de Astorga, que él había inaugurado en 1994. En el mismo desarrolló la historia del chocolate en España, desde su llegada a la península, tras el descubrimiento de América, así como toda la industria que originó en su ciudad.
Aquella llegada del caco a Astorga, a lo largo del siglo XIX, originó una incipiente industria, no solo de la fabricación chocolatera, sino también de la maquinaria apropiada y de la imprenta para la elaboración publicitaria y e envoltorios. Todo este material fue recogido por José Luís López, formando una colección única en España y la segunda europea, según certificaron entonces los entendidos. Cedida a la ciudad, como él siempre quiso, en su interior se pueden admirar desde las primitivas piedras de moler y amasar cacao, a las descasquilladoras manuales, a la maquinaria preparada ya para el desarrollo industrial de finales de aquel siglo y la primera mitad del XX, cuando comienza la decadencia.
A la vez, se recogen diferentes colecciones de cromos-regalo, para la captación de clientes, una amplia muestra de piedras litográficas, planchas de grabados para la estampación de etiquetas, moldes, etc. Todo un compendio que de artilugios que han venido siendo el buque insignia de los museos astorganos, a la vez que la rehabilitación de aquella industria, cuyo parangón final fue el I Salón Internacional del Chocolate en Astorga, celebrado hace unos años en la ciudad, sin que parezca haya tenido respuesta institucional para repetir ediciones posteriores.
La última vez que vi a José Luís, fue hace unos meses en el Hospital Provincial, intentando amarrar una lista de espera, para restaurar sendos achaques sanitarios de ambos. “Ya se sabe, amigo Polo, cuando el esqueleto envejece, empiezan las goteras, camino del derribo final. Y yo de derribos entiendo un poco, oye”. Confrontamos información de nuestras vidas y quedamos en vernos algún día en Astorga o en La Bañeza. Algo que después las agendas de los dos no llegaron a confrontar.
Ha muerto, sin lugar a dudas, el hombre que más sabía del chocolate. Aunque me quedó la duda, porque nunca se lo pregunté, si había llegado alguna vez a elaborar el rico manjar, o simplemente, a cocinarlo en cualquiera de los miles de recetas que él sabía y había descrito en algunas de sus publicaciones. Pero, con toda seguridad, a estas alturas, está contándole a San Pedro alguna de sus cuchufletas relacionada con los porcentajes de cacao en los que se dividían las libras de chocolate, o las meriendas que canónigos, curas y laicos degustaban en Astorga para poder preparar sermones, homilías y operaciones mercantiles de toda índole.
Descansa en paz, amigo José Luís López García.

