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REPORTAJE 
El pueblo revivido
Los únicos habitantes permanentes de Foncebadón son los hospitaleros del albergue Monte Irago, que abrió sus puertas en 2006 para convertirse en una cooperativa que atienda a los peregrinos
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E. Prieto       14/03/2010
Albergue de peregrinos en Foncebadón (León), parada previa a la subida de la Cruz de Ferro. (Foto: Miriam Chacón)
Albergue de peregrinos en Foncebadón (León), parada previa a la subida de la Cruz de Ferro. (Foto: Miriam Chacón)
A más de 1.400 metros de altura y poco antes de culminar la ascensión al monte Irago (León), coronado por la mítica Cruz de Ferro, el peregrino se topa con Foncebadón, un pequeño pueblo casi desierto. Durante los largos meses de frío y nieve, sus únicos habitantes son los hospitaleros del albergue Monte Irago, que se inauguró en junio de 2006 gestionado por una cooperativa.

Marta Rey, fundadora del establecimiento junto a Felipe Palomares, explica que el proyecto todavía está dando sus primeros pasos (de hecho, la cooperativa aún no se ha constituido oficialmente) pero que su objetivo es que sea “un espacio compartido sin ánimo de lucro que revierta en el Camino pero cuyos socios tengan Seguridad Social y un pequeño sueldo para vivir”. “Nuestra finalidad es ofrecer un servicio a la peregrinación”, añade.

A lo largo del año, residen en el albergue una media de ocho o nueve personas, algunas de forma permanente y otras pasando sólo unas semanas, recibiendo alojamiento y manutención a cambio de ayudar en las tareas y la atención a los peregrinos. “Hay mucha gente interesada en unirse a nuestro proyecto, todo el que quiere probar tiene derecho a estar aquí un mes”, señala Rey, quien indica que los únicos requisitos son “no consumir tóxicos y cuidarse para alcanzar un estado de calma porque sólo estando uno bien interiormente es capaz de convivir con el resto y sólo así se puede trabajar para otros”.

El albergue está planteado no sólo para ser un lugar donde los peregrinos descansen, sino también para que puedan realizar diversas actividades, como yoga, masajes, taichi, aprender a tocar instrumentos musicales, etc, la mayoría en los meses con buen tiempo. Asimismo, cultivan un huerto, tienen animales (cabras, gallinas, caballos...) y elaboran yogur y queso, todo con criterios ecológicos y con el objetivo de ser autosuficientes.

En estos momentos, junto a Rey y su hija, viven en el Monte Irago cuatro personas: Loreto Cristóbal, de Madrid; Óscar Segundo, de Barcelona; Olivier Rouault, de Normandía (Francia), y José Ignacio San José, de Valladolid. Todos ellos emprendieron el Camino de Santiago y, por diversas circunstancias, decidieron quedarse a echar una mano en Foncebadón.

Interior del albergue de peregrinos en Foncebadón. (Foto: Miriam Chacón)

De peregrino a hospitalero

“Me siento una privilegiada, es un sitio maravilloso. Me alegra levantarme por la mañana y ver este paisaje, estar en contacto con los animales y, sobre todo, la buena energía que tenemos”, asegura Loreto, quien lleva un año como hospitalera después de realizar dos veces el Camino tras una agitada vida en la que ha desempeñado diversas profesiones, la principal ayudante de cocina. “Viví mucho tiempo en Italia y luego volví a España, estuve dos años en Ibiza donde tengo dos hermanos, pero tenía ganas de hacer el trotamundos y pensé hacer el Camino”, recuerda, muy satisfecha de su elección. “Por ahora estoy aquí, me gustaría quedarme si el proyecto va para adelante, pero no me preocupa mucho el futuro”, apostilla.

Por su parte, Óscar reside en Foncebadón desde noviembre tras realizar el trayecto de ida y vuelta entre Barcelona y estar un tiempo en Murias (León) como hospitalero. “Echo una mano en lo que puedo, mi fuerte es la cocina porque es mi profesión, pero me da igual ponerme a cavar que hacer la limpieza”, explica el catalán, quien asegura que el albergue “tiene un rollo totalmente diferente a los demás, que parece que se preocupan más de hacer dinero que de ayudar al peregrino”. “Es una experiencia fabulosa, me encanta poder estar todo el día rodeado de gente y de animales”, resalta.

José Ignacio San José comenta la jornada con Óscar Segundo. (Foto: Miriam Chacón)

Por su parte, el cocinero francés Olivier Rouault comenta que en 2005 recorrió por primera vez el Camino para superar un divorcio y que le cambió su “percepción de la vida”, haciéndole “menos materialista y más libre”. En 2008 repitió y el pasado mes de enero hizo su tercer viaje, tras el cual decidió pasar una temporada en Foncebadón para “devolver” al Camino “parte” de lo que le había “regalado”. “Me siento totalmente privilegiado, esto es un regalo; si me necesitan me quedaré, no tengo proyecto de futuro”, explica Rouault, quien destaca que ser hospitalero le permite “estar todos los días con gente distinta”. “Aquí no hay rutinas, cada día es distinto por el tiempo, los peregrinos y las actividades; pierdes un poco la noción del tiempo, yo nunca sé qué hora es y tampoco quiero saberlo”, concluye.

José Ignacio San José ha sido el último en llegar hace dos semanas y lo tiene claro: “Me quiero quedar todo lo que pueda, estoy encantado”. “Soy electricista y me quedé en el paro hace tres años; desde entonces he estado sobreviviendo como podía”, relata el vallisoletano, quien señala que realizó la ruta jacobea hace diez años y hace un par de meses decidió repetir para darle “un cambio” a su vida, de lo que se siente profundamente satisfecho. “No entiendo cómo aguanté esos tres años”, señala San José, quien asegura que “el Camino te lo da todo”. “Yo salí de Valladolid con 25 euros, llevo más de un mes fuera de casa y todavía me quedan seis euros”, apostilla.

El barcelonés Óscar Segundo, en el albergue de peregrinos en Foncebadón. (Foto: Miriam Chacón)

Albergue de peregrinos en Foncebadón. (Foto: Miriam Chacón)

Cocina del albergue de peregrinos en Foncebadón. (Foto: Miriam Chacón)

Loreto Cristóbal admira las vistas desde el albergue. (Foto: Miriam Chacón)

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