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El arquitecto es capaz de asombrarnos con sus palacios de cristal, y los “rascacielos” que construya y levante darán fe de su megalomanía y equivocación, pues al cielo no le pica nada ni tan alto podrá llegar jamás.
El escultor del bronce, de la piedra, de la madera, será alabado con razón, pero nadie le estimará más allá de su técnica, de su oficio, si sólo vive como un vividor…
De igual o parecida manera el músico, el cantante, el actor, el torero, van por la vida recibiendo trato y distinción de “artistas” pero nada más, pues sus opiniones y sus formas de ver y de sentir tienen el mismo valor que el de cualquier otro mortal.
Así pues, el pintor no es lo que pinta; el arquitecto no es lo que edifica; el escultor no es lo que esculpe; el músico y el cantante no son lo que componen y cantan, no son lo que interpretan.
Sin embargo, entre todos los artistas, hay una gran excepción: El escritor. El escritor sí es lo que piensa, lo que siente, lo que escribe: y sólo él es capaz de crear con total solvencia. Nadie es ni puede ser tan creativo como el buen escritor que busca y encuentra y ofrece el fruto sagrado de su pensamiento, de su sabiduría, de su experiencia, de su espiritualidad…
Decía Conrado de Bolanden, en su célebre novela “Rafael”, que el arte sin dimensión espiritual, sin vocación de trascender, es solamente artesanía materialista, un objeto inanimado, más o menos útil y práctico y temporal, un derroche de técnica sin alma ni moralidad…
«A los artistas inmorales no les importan las consecuencias nefandas de sus obras».
Soy escritor, puedo escribir, y escribo, verdaderas maravillas para hoy, para mañana, para siempre, para la eternidad: «El que mire mi escaparate debe saber que lo bueno de verdad está en el interior, y lo magnífico en la trastienda».
«Soy tan generoso que a veces hasta me paso un poco y doy que hablar».
«No conviene confundir el pelo con la lana…».
«Los que tienen pocas ideas siempre las adornan más».
Con toda burbialidad.
