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REPORTAJE 
Foncastín, la tierra prometida
Los vecinos de la localidad leonesa de Oliegos recuerdan, 64 años después, su llegada al valle del Zapardiel para fundar el pueblo de Foncastín
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Jorge Alonso       04/01/2010
Vecinos de la localidad leonesa de Oliegos trasladados al pueblo de Foncastín. (Foto: Ical)
Imagen de una procesión en Fontecastín.
“Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos”, decía el escritor Jorge Luis Borges. También los recuerdos han marcado el destino de los vecinos de Foncastín (Valladolid), un pueblo creado por la inundación del sacrificado Oliegos (La Cepeda, León) al construirse la presa del embalse de Villameca, con capacidad para almacenar unos 20 hectómetros cúbicos. Sus antiguos pobladores, colonos con una marcada raíz leonesa, no olvidan aquel éxodo 64 años después de su llegada al valle del río Zapardiel, la tierra prometida.

Aquel viaje sin retorno, que se produjo entre el 28 y el 30 de noviembre de 1945 desde los montes de León a la llanura castellana, permanece en la memoria de Pedro Castro, uno de los vecinos de mayor edad de Foncastín. Con más de 19 años dejó atrás un mes antes Oliegos para “abrir el camino” al resto de familias en el nuevo emplazamiento, una finca de unas 1.700 hectáreas, propiedad del Marqués de la Conquista. En esta zona, se levantó un pueblo blanco, de diseño geométrico, para albergar a los cepedanos transterrados.

El brillo especial de los ojos de Pedro refleja el sentimiento de alegría y tristeza que todavía le produce recordar sus “raíces”. Éste es el único vínculo que le une a su antigua tierra. De allí partieron 38 familias –unas 200 personas- cargadas con sus enseres, ganados y símbolos religiosos en un tren de 30 vagones rumbo a Valladolid aunque hubo otras que decidieron permanecer en la zona. La muerte fue en este caso anunciada. La agonía de Oliegos comenzó años antes de la década de los 40 puesto que desde 1933 se conocía el proyecto del embalse de Villameca.

La Guerra Civil española paralizó la construcción de la presa que inauguró Franco la tarde del 2 de octubre de 1946. Por ello, al viejo Oliegos nunca llegó la electricidad puesto que estaba condenado a desaparecer bajo las aguas del embalse de Villameca. El pueblo nombró a un defensor aunque su oposición a aquella infraestructura del franquismo no frenó su desarrollo, que ha servido para crear a orillas del río Tuerto una vega que ha criado a lo largo de los años patatas, maíz, remolacha, alubias, forraje e, incluso, lúpulo.

Travesía

“Señores, las compuertas de la presa ya están bajadas”. Éste fue el aviso que desencadenó la travesía de aquellas familias, la mayoría numerosas, y a la que se resistió Saturnino, que llegó cinco días más tarde a Foncastín. El viaje que comenzó el 28 de noviembre en Oliegos, situado entre dos grandes sierras, tuvo como primera parada Porqueros, donde tomaron un tren mixto. Los primeros kilómetros fueron los más tristes, según Felicísima Fernández, una de las protagonistas que entonces tenía 14 años.

Aseguró que todas las personas lloraban al dejar atrás aquel angosto valle, sobre todo, al echar las últimas miradas al cementerio. Explicó que casi todos aprovecharon para rezarle a sus antepasados antes de que las aguas cubrieran el cementerio. Las responsables de la Sección Femenina hicieron que las penas se convirtieran en cánticos, bailes y alegría para los expedicionarios. Días después –indica entre sollozos- los vecinos de otros pueblos de la zona saquearon las casas.

En Porqueros, hasta donde llegaron por sus propios medios, tomaron el tren, que les llevaría hasta Astorga donde hicieron alto y noche. Fueron recibidos por las autoridades y les convidaron con las afamadas mantecadas al tiempo que un grupo de señoras, ataviadas con el trajo maragato, les brindaron con una jota. En la mañana del 29 de noviembre continuaron hacia la estación de ferrocarril de León capital, donde numerosas personas les desearon suerte y la Obra Sindical de la Colonización les ofreció una comida en el parque de San Francisco.

Sobre las 15.30 horas reanudaron la marcha que arribó en la estación del Norte de Valladolid a las 11 de la noche. Felicísima Fernández recordó como algunas mujeres, ya mayores, quedaron asombradas por la altura de algunos edificios de la capital vallisoletana y por las escaleras del hotel donde durmieron. Además, los espejos les hechizaron. Entre risas, relató como una señora se dio un fuerte golpe al tratar de atravesarlo. Un día después de abandonar Oliegos, la tristeza había desparecido, especialmente, para los más jóvenes que buscaban un futuro más próspero en otra provincia.

Campanas de la iglesia de Foncastín llegadas desde la iglesia de Oliegos. (Foto: Leticia Pérez)

Los enseres y animales, que ocupaban 27 de los 30 vagones, llegaron en el tren a Medina del Campo donde tuvieron que ir a recogerlos, entre ellos, las campañas de Oliegos y varios santos como Las Angustias o San José. En total, pagaron 17.000 pesetas por el viaje. La travesía fue decisiva también para la madre de Avelino Elías, el niño que nació durante el viaje en un hospital de Valladolid, cuyo nombre se debe al delegado de la Obra Sindical de Colonización, Elías Iglesias.

La tierra prometida

El 30 de noviembre la caravana, que se desplazó en autobús desde Valladolid, tomó posesión de Foncastín. Las autoridades leonesas y vallisoletanas así como del Instituto Nacional de la Colonización presidieron la génesis de aquel pueblo que por azar del destino no se ubicó en tierras de Benavente o Huesca –las alternativas que se barajaron-. Felicísima y Pedro lamentaron que no fueron recibidos de la mejor forma ya que se encontraron con el áspero malestar de los jornaleros de la finca, temerosos de perder el empleo de sus brazos.

Explicaron que las casas existentes no eran suficientes, lo que obligó a algunos a ocupar las corralizas y a otros a desplazarse a Rueda. Todavía tardarían seis años en levantarse todas las viviendas, diez la iglesia y aún más el cementerio. Las campañas durante años lucieron en un alto colgadas de dos palos y la escuela se ubicó en unos barracones, donde por la noche algunos mejoraron su lectura y escritura.

A las puertas del ya duro mes de diciembre, comprobaron con decepción que del pueblo nuevo prometido no había ni rastro. Por sus tierras y casas, recibieron en conjunto 4,5 millones de las antiguas pesetas, una cantidad en su opinión menor al valor real pues la tasación fue hecha antes de la Guerra y la venta se hizo efectiva en 1945. Este dinero no fue suficiente para pagar las nuevas casas y parcelas, que se dividieron en pequeñas, medianas y grandes (de 15, 20 y 30 hectáreas).

Así se vieron empeñados con el Instituto de la Colonización durante 20 años ya que sufragaron el 20 por ciento inicialmente y el resto cada ejercicio.

Pedro Carrera y Felicísima Fernández llegaron de León a Foncastín  cuando tenían 20 y 14 años.

Jornadas de sol a sol

De aquellos años, Pedro y Felicísima subrayaron la alegría y ansias de los jóvenes y la tristeza de los mayores que nunca llegaron a perder las costumbres y tradiciones ni tampoco el acento característico del norte de León. “Trabajamos de sol a sol, hombres, niños y mujeres”, comentaron. “Fuimos unos lobos”, agregó Felicísima al tiempo que dijo: “Con todo y con ello no nos pesa el habernos ido”. Explicó que la vida en el viejo pueblo era muy dura. Inviernos largos, fuertes nevadas y pocos campos para el cultivo hacían para Felicísima que Oliegos fuera un pueblo con poco futuro. “Nevaba mucho aunque aquí también hay que soplar las uñas para quitar el frío”, añadió.

Sin embargo, Pedro guarda un mejor recuerdo. Destacó que existían varios molinos para la localidad, que tenía tres barrios, así como un gran monte donde cazaban y un río (el Tuerto) “muy truchero”. Aunque en los primeros años no volvieron, posteriormente, han regresado al paraje del que fueron desalojados. Afirmó que él regresaría a la zona ahora si pudiera para pescar como lo hacía cuando era joven.

Pedro Carrera con el pueblo de Fontecastín al fondo. (Foto: Leticia Pérez)

En recuerdo de Oliegos

Los transterrados llevaron al valle del Zapardiel sus ganados y aperos, las costumbres de La Cepeda. Rápidamente descubrieron la fertilidad agrícola de aquella amplia hondonada. Todavía hoy, después de 64 años, el bar del pueblo lleva el nombre de ‘El rincón de Oliegos’ y dos de sus calles los de Villameca y León. También sus apellidos siguen siendo los de su oriunda comarca (Magaz, Mallo, Fernández y García). Además, mantuvieron al alcalde, Nicanor Magaz, y conservaron a sus santos ya que las fiestas patronales son Las Candelas y San Pedro así como la receta de las ricas “margaritas”.

En la plaza de la localidad, la iglesia atesora las campanas e imágenes de Oliegos. También se erigió un monumento, una campesina leonesa, en memoria de aquellas gentes, cuyos recuerdos siguen evocando aquel paisaje solitario, bello y melancólico. Sin embargo, muchos lamentan el olvido de las instituciones leonesas y valoran el apoyo de la Diputación de Valladolid, que patrocinó la publicación de un libro sobre su historia de vida.

Al final del estío, se descubre con facilidad los restos del viejo poblado en la parte posterior del embalse. Perfectamente dibujadas puede contemplarse las calles, los planos de las casas e incluso el espacio alargado de la iglesia. También se distinguen los molinos, los muros de los prados y la calzada que proseguía valle arriba en dirección a Los Barrios de Nistoso (León).

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