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«Si recuperar la memoria histórica es recorrer El Bierzo abriendo hoyos, desenterrando cadáveres, violentando recuerdos, hurgando en las heridas: ¡Hágase! Pero hágase con moderación porque los rojos y los maquis no merecen ser sacralizados tanto, ni ser subidos a los altares. Quemaron y destruyeron miles de iglesias. Asesinaron a 13 obispos, 4184 sacerdotes, a 2365 religiosos y 283 religiosas. La guerra, la funesta Guerra Civil, la perdimos todos excepto los vascos y los catalanes nacionalistas.» Esto está escrito en las páginas 167-168 de mi libro «Picotazos liberales» y corresponde a un artículo publicado en Bierzo 7 el 23-10-2003 titulado «Bierzo que estás en la inopia (I).»
Pues bien. Procurando seguir siendo fiel a mis principios, pese a quien pese, aun a riesgo de que algún “descerebrado” me tilde de prepotente, debo decir que, durante muchos años, leí y estudié en profundidad todo lo concerniente a aquellos cruciales y crueles tiempos que acabaron desembocando en nuestra Guerra Civil. Nunca pretendí dar lecciones a nadie ni escribir un libro sobre asunto tan candente y de permanente actualidad. Me guiaba única y exclusivamente el afán de acercarme a la verdad. A la verdad auténtica, no a la verdad de unos ni a la verdad de los otros. Como buen contable, acostumbrado a la contabilidad analítica y al rigor exacto de los números, sabiendo valorar con objetividad y poner “precio” incluso a los intangibles: entré a fondo, sin planteamientos ni prejuicios ideológicos. El balance final fue desolador, con una cuenta de resultados cruel, asquerosa y triste.
Sin ánimo de ofender a nadie, tengo que traer a colación una frase del historiador socialista republicano Don Anselmo Carretero Jiménez que, desde el exilio, escribió: «Las izquierdas, nunca se preocuparon por el estudio de la historia por considerarlo un acto reaccionario…» Así se explica que, hace veintidós años, un equipo de historiadores de varias universidades españolas, contratado para sacar adelante una gran enciclopedia, escribiera en su introducción: «Pedirle a un historiador que carezca de ideología, o que evite cualquier tipo de inclinación o rechazo hacia los protagonistas, individuos o colectivos, del periodo que estudia es inútil, y si el historiador afirma que trabaja con esa falta de ideología y de pasión miente, consciente o inconscientemente. Esto es tan válido para la historia de la antigua Grecia, como la de la Baja Edad Media o la del periodo napoleónico. Hoy puede hacerse investigación rigurosa sobre la Guerra Civil, lo que entonces sucedió ya no es arma útil para la lucha política actual y realmente son pocos los historiadores que pueden obtener un beneficio con la tergiversación, el público que quiere una historia manipulada es ya muy reducido» ¿Qué les parece…? Este texto, de “catedráticos de historia”, por un lado dice: «es imposible encontrar un historiador que trabaje con falta de ideología y de pasión…», y cuatro líneas después afirma (año 1986): «lo que sucedió en la Guerra Civil ya no es arma útil para la lucha política…» ¿Tremendo, no?, ¡Vaya buen ojo de los catedráticos!
Tremendo es, sin duda, porque, a continuación, estos mismos “expertos” escribieron: «El triunfo de los sublevados en la Guerra Civil, y el consiguiente nacimiento del nuevo régimen implica la interrupción de la práctica democrática. En este sentido, se produce un paréntesis en el normal desenvolvimiento de la vida política española.» ¿Normal desenvolvimiento de la vida política española desde el 31 al 36…? ¡Por favor, catedráticos historiadores, mucha demagogia!, es evidente ¿no? ¿Tendremos que escribir la historia los contables, los hombres que no tenemos otra ideología que el conocimiento de la verdad…?
Luego, estos “grandes eruditos” dicen: «La transición que se opera a partir de 1975 significa volver a los principios de la democracia liberal que presidían la vida del país del 1931 a 1936.» ¿Cómo es posible escribir esto? Es evidente que no son historiadores, no pueden serlo todos los miles de “enseñantes” de historia en institutos y universidades.
La Historia hay que leerla bien, con los mismos principios, los mismos métodos y las mismas reglas que se emplean en las ciencias empíricas, en la contabilidad. Cuando un empresario quiere conocer con certeza y profundidad la situación real de su empresa y de su economía, debe despojarse previamente de prejuicios, de todos los prejuicios y suposiciones. Tiene que entrar a fondo en el debe y en el haber para llegar a un correcto resultado. Si no obrara así, si sólo se fijara en el haber, llegaría a creerse multimillonario. Si sólo se fijara en el debe, probablemente se metería en un pozo tremendo que podría llevarlo al suicidio. Está claro, al menos para mí, que todo es cuestión del debe y del haber, de saber valorarlos en sus justos términos. Difícil tarea, pero no imposible para un buen contable.
