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Y un día después, el lunes, 31 de mayo, recogerá la Medalla de Oro al Mérito Deportivo en Madrid, concedida por el Consejo Superior de Deportes del Gobierno de España. Entre una pléyade incalculable de méritos a los que se ha hecho acreedor.
Conocí a Juancho un día cualquiera de los primeros años de la década de los 90 del pasado siglo, cuando apareció con mi hija pequeña Eva, su entonces novio, su compañero y amigo del alma Emilio Montalvo, a las puertas de mi casa en La Bañeza. “Venimos a probar las ancas de rana que dice Eva que hace tan bien tu mujer”, me espetó casi sin dejarme respirar por la impresión de su enorme estatura: 2,06 metros de altura. Tras las presentaciones y esperando que la cazuela diera los últimos hervores al moje de los muslos blancos, aquel enorme gigante que dejaba bajos al que suscribe y a la pareja citada, se hizo todo corazón, casi como un cacho de pan más, para mojar en la salsa de las ancas.
Así es Juancho. Muchos leoneses lo conocen, porque la capital de la provincia y el Ademar fueron la mejor escuela de lo que después fue su palmarés. Juancho y Montalvo fueron claves en el ascenso de este equipo a la máxima división de honor del Balonmano español, después de haber pasado por los juveniles del Atlético de Madrid y el Talavera.
Aquí en León se forjaron ambos, como tantos otros, en el balón pequeño, de la mano de Manolo Cadenas que, después han sido y siguen siendo punteros en otros equipo de mayores pretensiones y en la Selección Española de Balonmano. Ahí están los hermanos Entrerríos, Iker, Hombrados, Juanito García, Demetrio Lozano…, o el propio Cadenas.
Fueron años de privaciones de la mano de una directiva que, más de una vez, los dejó en la estacada, cobrando tarde, mal y nunca. Y sino pasaron hambre fue porque patronas y amigos siempre tuvieron un bocadillo a mano, juntamente con su amistad. En León quedaron muchos recuerdos y esos amigos de los que muchas veces me hablan Juancho y mi ya yerno Emilio Montalvo, como una de las mejores épocas de su vida
deportiva.
Y es que nunca comprendí que en León hubiera un grupo de desaforados para abuchear a Juancho cuando llegaba con otros equipos (Barcelona, Valladolid o el navarro Pórtland San Antonio), muchas veces, ‘jaleados’ por el presidente del conjunto leonés de entonces. Mientras que otros compañeros, anteriormente nombrados, no tuvieron el mismo recibimiento, a pesar de haber marchado del Ademar, en busca de nuevas metas deportivas y económicas como él.
Por eso, el domingo, día 30 de mayo, cuando estreche la mano del Rey, con toda seguridad, Juancho se acordará de su trayectoria y su palmares inenarrable (llena varios folios); de sus estrecheces y sus éxitos; de aquel viejo coche y una pata de jamón con los que vivió varios meses en Talavera, hasta encontrar y poder pagar una pensión; de su familia, principalmente, de las mejores animadoras en España y en aquellas ciudades extranjeras en las que se celebraron las olimpiadas y campeonatos del Mundo y de Europa, de los que casi siempre sacó algún trofeo (en oro, plata o bronce), como fueron y siguen siendo su madre Lucía y su hermana también Lucía, que muchas veces tuvieron que aguantar los abucheos de los cuatro tarados leoneses (cuenta su madre que en los juegos olímpicos de Atlanta, un intérprete tradujo por ‘bebé’, cuando ella hablaba en una entrevista de su ‘niño’, jo, qué niño).
Este hombre bueno, todo corazón, lo mismo se entregaba en la cancha como pívot, que ahora lo hace su vida privada y laboral, con su enorme figura de 2,06 de altura. Y que el lunes, día 31 recibirá la medalla más codiciada por cualquier deportista. Juancho Pérez no solo sigue siendo mi amigo, sino que, además, es ya parte de mi familia.
Por ello y por su humanidad, felicidades desde este periódico leonés, cuyo director supo también ver en él, cuando era redactor de deportes, esto que hoy he improvisado sobre la marcha. Como una especie de contraataque de balonmano, en portería contraria, con gol final, como sabía hacer muy bien Juancho en sus buenos tiempos.
Un abrazo, amigo.
