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Sí señor, ya lo dije. Aunque empiecen a tacharme algunos (ya pocos, por suerte) de derechista extremo y cosas por el estilo. Pobre de mí. Sólo un mediocre como Zetapé sin tierra no se da por aludido del desastre electoral que ha sufrido, que está sufriendo su partido en todo el país. Sólo los mediocres de los que se ha rodeado este flete siguen aplaudiendo las ocurrencias de un negado para la política. Mala suerte. Lástima de mantecada.
Los únicos que han resistido el envite son aquellos que han tenido una trayectoria ejemplar, fuera de los circuitos zapateriles, o saltando entre mata y mata las ocurrentes chorradas que se saca el Zapatero prodigioso de su caletre inútil para ser el hombre de estado, que algunos piensan de él.
Así y todo, sigo teniendo una vena de inocencia. ¡Cuitadín de mí! Y el pasado domingo, cuando se anunció la comparecencia del presidente del Gobierno, del flete de la Moncloa, comenté con mi parienta que, a lo mejor, anunciaba su dimisión, o convocaba elecciones. ¡Cuitado de mí! Mientras me comentaba mi compañera que parecía mentira que con lo mayor que soy, “todavía crees en hadas madrinas”. ¡Cativin!
No señor. No hubo nada. Bueno sí, se defendió a capa y espada de los resultados (no tan malos, camaradas, que el PSOE sacó seis millones de votos en toda España) eran todo producto de la crisis. De esa crisis que, como buen mendaz, negó hace tres años, hasta poder volver a repetir en la poltrona monclovita.
Y es que Zetapé se especializó en buscar excusas a sus fracasos, desde aquel trágico día en el que Capillo y yo pusimos el apellido de mantecada a un pacto cabrón, tras una conspiración de mandos provinciales en uno e los salones del Hotel Gaudí de Astorga. Desde entonces, el PSOE no volvió a ganar ninguna elección en la provincia. Perdió además los mejores feudos socialistas en el Bierzo, en Valencia de Don Juan y en tantos municipios pequeños que habían puesto desde siempre el marchamo progresista en sus ayuntamientos por méritos propios.
Pero Zetapé siempre tenía alguna ocurrencia para salvaguardar su responsabilidad, para darle la vuelta a su Carta Magna particular y echar la culpa a alguien o a algo y…, buena va barbero. Se sacaba porcentajes de votaciones anteriores para perpetrar su mediocridad dirigente, a la vez que iba dejando cadáveres políticos en armarios y cunetas de la historia del PSOE en la provincia de León. Aunque de algunos tuvo que echar mano después cuando llegó a la Moncloa. No quiero decir nombres, pero los viejos socialistas, aquellos utópicos que creyeron a pies juntillas las promesas de este encantador de serpientes, saben muy bien a quiénes me refiero.
Hoy la Carta Magna de este Zetapé sin tierra vuelve a temblar y a pasar de todo cuando algunos prebostes del PSOE empiezan a maquinar tímidamente la regeneración del partido. Sólo los propios socialistas tienen el mango de la sartén para dar un sartenazo institucional y correr a gorrazos a este flete de la Moncloa si no quieren fenecer como lo hizo el partido en la provincia de la mano de un Zetapé sin tierra y, por qué no decirlo, sin Carta Magna que llevarse a la boca.
¡Ah! Y, que conste, en las dos elecciones al Congreso de los Diputados, que ha presentado su candidatura en Madrid, tampoco ha ganado este malabarista de pacotilla que, eso sí, está siempre en el sitio mejor y al minuto en punto para recoger los honores y resultados imposibles. Lástima de mantecada astorgana. Qué mal hicimos Capillo y yo de ponerla de apellido a un pacto, cuyos componentes fue cargándose (de la política) este Zetapé sin tierra.
Mecagüenlaaaaa.
