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En setenta años de historia, jamás La Columna había sido agredida ni siquiera minimamente: ni una simple pintada, ni un cartel, ni una pegatina, ni una esquela, ni un ligero descalabro de esos que los niños y los mozalbetes solíamos hacer en otros sitios, golpeando con piedras para grabar nuestros nombres…
El Corregidor incorregible, pinchado en su vanidad por gente venida de fuera, no se paró a pensar en mi, no se puso en mi lugar, no supuso ni imaginó que a lo peor me ofendía al derribar un gran símbolo emocional, un referente afectivo, una amiga fiel que animó mi niñez, mi infancia, mi juventud y mis fantasías…
La Columna de Manso jamás tuvo en mi corazón ningún tipo de significación política: sólo era un monumento al paso del tiempo, a la memoria, a la nostalgia, a la melancolía… ¡Cuántas veces me senté en su base para meditar, para soñar…! ¡Cuántas veces los niños do Fondo do Campo jugamos a su alrededor, nos subimos en ella, nos escondimos detrás…!
A otras personas, más prácticas, seguramente les dé lo mismo, pero al poeta que hay en mí le quitaron su “tótem”, una seña de identidad que le hablaba del paso de la vida. La primera vez que logré subir hasta su parte central tenía siete años, y corrí a casa a decírselo a mi madre…«¡Te estás haciendo grande —dijo—, ya eres un niño mayor…!»
El día que la torturaron y la asesinaron, mi madre, anciana de ochenta años, salió de casa para defenderla, en su propio nombre y en el de su hijo: «¿Por qué tiráis y rompéis La Columna, qué daño os ha hecho…?» «Hoy es el día más feliz de mi vida», contestó una “descerebrada”, muy significada, supuesta socialista, llena de rencor, que milita ahora en la upeele, ¡ele, ele!, que le consiguió un “chollete” en el Ayuntamiento.
«Debemos impedir que los ojos de la gente vengan a posarse aquí», dijo el Alcalde. Las fuerzas vivas, o muertas, aplaudieron. Los pusilánimes artistas y los pobres poetas tristes se dejaron llevar… Vencieron los “catedráticos” de la mentira, del odio, de la venganza cobarde y cruel que, con una gran máquina excavadora, derribaron La Columna que amaba un ser insignificante, Bouza Pol. «Ella y El, nos ofenden, nos mancillan…», dijeron.
Entonces, el poeta villafranquino, desengañado, pensó en buscar otra Columna, otro sitio, otro horizonte, otros vencejos a los que amar…
