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OPINIÓN POR POLO FUERTES
La hucha de las palabrotas
Mis nietas las gemelas, Carla y Claudia, me quitaron la tontería de encima...
28/07/2009
CON VENTANAS A LA CALLE
... Bueno, más que la tontería, la costumbre estúpida de soltar tacos en cualquier conversación. O casi. Su madre, mi hija Eva, sacó una fea (sí, un tanto fea) costumbre de enseñar a las niñas la petición de un euro por cada palabrota que digamos los más allegados. Euros que van de inmediato a la hucha de las palabrotas, artefacto también inventado por mi hija la pequeña, en forma de cajero de banco, pero al revés.

Coño, pues es verdad que surte efecto. O casi. A las pruebas me remito. Ya en alguna ocasión he soltado el billete, sin pedir la vuelta, para poder expresarme en román paladino, con tacos incluidos, por aquello de que es más que difícil poner puertas a este campo de estupidez lingüística del día a día. Y es que, ¿cómo le meto en la mollera de sus cuatro inocentes años que esas palabrotas vienen en el diccionario oficial y es conveniente echar mano de ellas para recalcar, para acentuar la conversación o el artículo en cuestión, como mandan los cánones del periodismo de opinión (a lo mejor no, quién sabe, que en esto los licenciados oficialistas en Ciencias de la Información saben lo suyo), de la vida de pipas y caramelos (en lleunés, chuches)?

Hace unos días, mi compañero en las tareas de juntar letras y amigo, Pedro García Trapiello se quejaba en su columna de la última página del Diario de León de lo mismo. Hay mucha gente que no entiende que nuestros escritos de opinión salen como un cañón, a poco que chisques la mecha y usas el lenguaje vulgar y popular, el auténtico porque, da la casualidad, que es el que mejor entienden nuestros lectores. Aunque siempre habrá alguien con la hucha de las palabrotas en cualquier esquina, queriendo hacer de ‘torrequemada’ inquisitorial, por haber puesto en evidencia, con pelos y señales las miserias del quehacer diario.

Me vienen a la memoria dos anécdotas, dos sucedidos al respecto en esto de las palabrotas. El primero me ocurrió en Salamanca, durante una función de teatro-circo, en el Aspirantazo Maestro Ávila, donde estudiaba. En medio de la función payasal, cuando la risa del respetable ya era continua y contagiosa con tan solo apretar un papel, no se me ocurrió otra cosa que decir que Don Tanis, el vicerrector, se “había dado un martillazo en un dedo y había soltado dos tacos… (pausa larga y carcajeante), y quedó la silla un tanto coja”. La broma me costó un arrepentimiento público, un propósito de la enmienda, también público y una penitencia (pública, por supuesto), en forma de un tiempo de rodillas con los brazos en cruz, en los escalones del presbiterio de la capilla del colegio. Porque Don Tanis había confundido los tacos de calzar la silla con las palabrotas. Qué ignorancia, tío.

La otra fue algo más reciente, cuando empezaba a escribir más a menudo en los periódicos. Un cura de mi pueblo, cuyo nombre no viene al caso, me espetó de esta guisa, allá por los principios de la era democrática: “Pero hombre, Polo, con lo bien que escribes, ¿cómo se te ocurre usar de vez en cuando palabras socialistas”? Me quedé un tanto parado, ya que en aquel entonces aún quedaba mucha gente que creía que los socialistas tenían cuernos y rabo para poder atizar la lumbre del infierno sin chamuscarse. “No le entiendo bien, don fulano. ¿A qué llama usted palabras socialistas”? Y el bueno de aquel cura trabucóide me dijo que “eso de joder, coño, la hostia… Son palabras malsonantes que no vienen a cuento”. Aprendí una cosa más, que estos tacos eran palabras socialistas. Cuando los socialistas eran verdaderos socialistas y no en lo que los ha convertido el flete actual de la Moncloa. Aunque no me quedé callado y le refuté al cura en cuestión que dichos vocablos ni eran socialistas ni malsonantes, sino las palabras propias de la vida misma, con la que él no había comulgado en la puta vida.

Así que mi querido Petrovic Trapielloski, vamos a empezar a usar mariconadas como las de jobar, joplera, joplerina, la hóspita, coime, concho, córcholis y cosas por el estilo más pijo que me he echado a la cara, no vaya a ser que aparezcan mis nietas las gemelas, Carla y Claudia en cualquier esquina y nos pongan la hucha de las palabrotas a la altura de la cintura, para que aportemos nuestro óbolo de un euro, por haber soltado algún taco sobre la marcha. Porque, ¿cómo le hacemos ver, cuitadas, que estos simples e inocentes tacos solo son un explayamiento para dar un poco de marcha, un poco de manivela a nuestras columnas? Joder, qué rato.

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