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En el mejor momento, rozando el cien por cien de visitantes, cuando pasamos por una crisis sin precedentes, no solo económica, sino social, donde lo de creer, se sitúa en lo inalcanzable, en mundo falto de liderazgo, escaso de valores, y pobre de ilusiones, la Semana Santa, para creyentes o no, defensores y detractores, es la fiesta grande.
Ahora, nos damos cuenta de que no es lo mismo, claro que no lo es. Resulta que si se suspenden las procesiones, se resiente la ciudad. Los hosteleros, los comerciantes, y en definitiva, no llenamos el necesario y maltrecho cajón que a todos repercute en esta provincia.
Resulta, que ya no son importantes las lagrimas y el abrazo de Carlos, de Cesar, de Alfonso, de Javier, de Fernando, que se yo de tantos¡. Porque aquí como en todas partes, también lloramos, también nos emocionamos, y afloran los sentimientos en la tradición popular. Apúntese que lo importante es la Semana, y que semana¡
En esta tierra, siempre hemos gestionado con dificultad la adversidad, aquello de que “todos suman al éxito, pero nadie responde al fracaso”, y de esta consecuencia, queda una lectura positiva que nos hará crecer, cofradías, hermandades, y ciudad. Cuando no puede ser, no puede ser.
Tomar decisiones es difícil, casi dramático, pero se tomaron; me sumo y aplaudo, a los abades, juntas de gobierno de cofradías y hermandades. Hemos dado un paso que demuestra porque tenemos un titulo de interés turístico internacional, y tenemos un futuro si cabe, más grande. Vivida la triste experiencia, queda la lectura positiva. Es ahora, cuando empieza la Semana Santa.
Después de “La Resaca” que nos lo acerca pero también nos lo lleva, y lo deja todo limpio, hay que sumar los esfuerzos de todos, en promocionar por cada rincón nuestra “Pasión en la Calle”. El treinta de marzo de dos mil doce, es “Viernes de Dolores”.
