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—No seas tan cenizo, Carlos, Bouza Pol, ¿cómo se te ha ocurrido pensar que pudiera ser yo tu Diosa del Cúa…, es que acaso ya toleas…? Si quieres excusas para seguir visitándome bien está y bien que te lo agradezco, pues, siendo tú de Villafranca y tan devoto de mi queridísimo único Hijo, el sin igual Santísimo Cristo de la Esperanza, me encanta muy especialmente que vengas a verme con frecuencia, pero yo no soy esa Diosa, que te quede bien claro…
—Entonces, Virgen mía, morenaza de ojazos carboneros, ¿quién fue, quién es, quién puede ser mi Diosa del Cúa…?
La Virgen me miró sonriendo —yo creo que le caigo bien— y, suspirando, me dijo:
—Soñar sueñas ahora, entonces fue real, un amor bonito el vuestro…
—Sí, sí, sí que lo fue, y ¿qué pasó, vive mi Diosa, dónde está, podré verla alguna vez, me ayudarás con ella…?
La Virgen, esta Virgen de la Encina, Patrona de El Bierzo, los que la conocéis bien, bien sabéis que es una mujer guay, de verdad, y conmigo, además —seguro que por ser yo poeta de Villafranca—, se me puso de lo más cordial, de lo más asequible y, como estaba deseando bajar de su pedestal…, bajó sin más contemplaciones:
—Mira, Carlines, tu Diosa del Cúa ha existido, existe, y existirá para siempre. Ella vive por ti, y tú mueres por Ella.
—¡Dime dónde está, dime qué hace, dime que está bien, dime que no es desgraciada, dime, si pudiera ser, que aún se acuerda a veces un poquito de mí…
—Está casada, Carlos, tiene hijos…, no puedo decirte más…, tú vive tranquilo, que Ella vive feliz, y sólo muy de tarde en tarde, alguna vez, cuando no todo le sale bien y le llega la tristeza…, entonces sí, es verdad, parece que algo sí, sí se acuerda de ti y, su corazón, no sé cómo, pero rebulle de nostalgia, pena quizá, no lo sé Carlos…, no me apures tanto, que no puedo hablarte más de la cuenta…
— ¡Dime dónde está, por Dios…! y yo te haré un poema que te morirás de gusto (lo siento, pero me salió así, y así lo pongo. No soy mal hablado, quizá en este trance hubo una mala interferencia de Labarga).
Y seguí diciendo:
—Mira, Virgen de la Encina, que nos conocemos, eh, guapa, a mí no me gustan nada los rodeos, aclárate conmigo ahora mismo, mujer, y deja las medias tintas y las ambigüedades…
— ¡Qué burrín te pones a veces, Carlitos! —me dijo con un cariño increíble.
—No sólo un poema te haré, sino que lo publicaré en leonoticias.com, y seré capaz de recitarlo por ahí, donde don Antolín de Cela me lo ordene, ¿qué te parece…?
La Virgen dio un respingo, noté yo a las claras que se ponía supercontenta, divina, más de lo habitual, mucho más si cabe (a mí me sonríe siempre) y, sin poder evitar la risa, casi a carcajadas, dijo:
— ¡Tú, tú, recitándome un poema por las iglesias de El Bierzo, en la Colegiata también…, también en la Colegiata de Villafranca…, anda vamos que eso ni yo me lo creo…!
— ¡Dime dónde está, anda tía, dímelo, y haré por ti cualquier cosa, un poema, un rosario, una comunión bien sentida..., lo que Tú me pidas y te complazca más…!
Me vio la de La Encina tan necesitado, tan suplicante, tan decidido, tan buenísima persona, tan de El Bierzo, que no se pudo aguantar, y me contestó:
—No quiero que hagas calaveradas por ahí…Pasa de todas esas mujeres que tanto te persiguen y te provocan…Sé que eres recto y generoso, y lo mucho y bien que defiendes tus valores, tus creencias, que son las mías, las de mi amadísimo Hijo… Voy a hacer una excepción muy excepcional y, como mujer que soy, te voy a comprender humanamente, y te digo que tú Diosa del Cúa vive en Valladolid.
(Primer suspiro del Capítulo II de mi novela «La Diosa del Cúa». Continuará)
