Viernes 10 de febrero de 2012 | Actualizado a las 22:16 h.
Enamorados
«Galletas de San Valentín, un dulce perfecto para el 14 de febrero»
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Me acusan con frecuencia de meter a todos los políticos en el mismo saco, lo cual estaría bien si el saco estuviese cerrado, pero la caja de Pandora hace mucho que permanece abierta y estos dildos ideológicos y descomunales que son los políticos andan por ahí jodiéndonos por todos los orificios, y digo por todos, porque aunque en boca cerrada no entran moscas, sí entran pichas a rosca, como las que nos hacen tragar cada día, que ya tenemos las mandíbulas descoyuntadas.
Como siempre he tenido una cierta inclinación (como la torre de Pisa) hacia la cultura clásica, yo propongo que rescatemos y pongamos en valor las luchas de gladiadores y los despedazamientos de los cristianos por los leones. A fin de cuentas, esos espectáculos representan tanta o más cultura que los toros y a lo mejor (aunque improbablemente) en uno de esos juegos que duraban hasta un mes podíamos ver cómo a la cristiana Esperanza Aguirre se la zampaba un león, porque si se la tiene que zampar Rajoy o algún candidato mamporrero del PSOE en Madrid vamos aviados. Aquí quien más y quien menos siempre ha celebrado mucho eso de las matanzas: los toros, el 18 de Julio, el 11-M, el asesinato de Carrero Blanco. De hecho, dentro de unos días todos vamos a participar con alborozo en ese Festival Nacional de Exaltación de la Matanza que es la Semana Santa. Aunque parezca irreverente, tengo que recordar que en mi pueblo se celebran por primera vez este año las Jornadas del Santo Sepulcro, que es lo mismo, pero haciendo más hincapié en la pompa (fúnebre en este caso).
La frecuencia sexual de mis entradas en este blog ha disminuido, lo que provocará hilaridad en mis amigos y encabronamiento en mis detractores, que están esperando a que escriba para insultarme y lanzarme venablos dialécticos. La causa de dicha disminución se debe a que ando enzarzado en el proceloso mundo de los arcos conopiales y escarzanos, en la pintura y la personalidad del Giotto y su relación con Dante, en la obra de Simone Martini (Bianco con unas aceitunitas) y en la escultura del gran Nicolás Pisano, que me tienen embebido.
Vuelvo a mi proverbial pedantería y a mi insoportable tono apodíctico para contar que el otro día compré un libro de una colección de bolsillo sobre matemáticas y ciencia. El título era, nada menos que ‘El Número áureo’ (ese número 1,618, ó número ‘φ’, que rige la belleza de tantas obras de arte del hombre y de la naturaleza sin que apenas nos demos cuenta). Confieso que lo adquirí con cierta expectación, pero nada más ojearlo y hojearlo me decepcioné. Prácticamente todo en él era una intolerable exageración del papel que el numero de oro ha representado en la historia del arte. Entonces recordé la magnífica precisión del libro que escribió recientemente el gran Mario Livio sobre la proporción áurea (al número ‘fi’ o ‘φ’, se lo conoce también como número de oro, razón extrema y media, proporción áurea y divina proporción, entre otras denominaciones). El librito divulgativo y exagerado me permitió, no obstante, rescatar de mi desordenada biblioteca el espectacular tratado de Fra Luca Paccioli, del que creo que alguna vez he hablado aquí y que fue maestro de Leonardo da Vinci; el mencionado ensayo de Mario Livio y, como no, el grandísimo tratado de Matila C. Ghyka, de 1931, que, aunque también es un tanto, por llamarlo así, creativo, no obstante es de una genialidad abrumadora. Así, una mierdecilla de libro logró transportarme a mundos que creía ya olvidados y entonces vino a mi saturada cabeza la conexión entre Paccioli y su maestro, el genial pintor Piero della Francesca, autor de la inquietante Madonna del Huevo con el que me reencontraré muy pronto.
Y en ese punto todo se volvió cíclico: Fidias (dicen que el nombre ‘fi’ del número de oro es por él), los constructores del teatro de Epidauro (donde yo estuve comprobando su magnífica acústica, fruto tal vez de que sus medidas guardan la divina proporción), la escultura del Laocoonte (sólo superada por la réplica en bronce que Riesco le hizo a la Victoria de Samotracia, para colocarla de espaldas al río Sil, qué pena de hombre), las falsas cúpulas de los enterramientos de Micenas (a las más grandes les dicen de Atreo y Clitemnestra, pero son anteriores), el Panteón de Agripa, Santa Sofía de Estambul y San Salvador in Chora, la Mezquita Azul del Sultán Ahmed y la de Solimán el Magnífico, la basílica visigoda de San Juan de Baños (y el excepcional lechazo asado que sirven al lado, en Tariego de Cerrato), el Moisés y el David, las pinturas de Boticcelli, de Andrea del Sarto y del Correggio, el Cristo muerto de Mantegna, la increíble trayectoria criminal y artística de Andrea del Castagno... las obras de Velázquez y del Greco, las epopeyas de Homero, la cosmogonía de Hesíodo, los diálogos de Platón, los ensayos de Tucídides y de Jenofonte, los periplos marítimos de Hannon, de Apolonio de Rodas y de Rufo Festo Avieno, las rubayyat de Khayyan y de Rumí, la Biblia y el Corán, la Epístola Moral a Fabio y las Coplas de Manrique, la genialidad hipócrita de Quevedo y el universo poético de Góngora, las obras de Stendhal, algunas narraciones y algunos poemas de Borges, los libros de Julio Verne y de Sherlock Holmes (emulado hoy con éxito y cierto talento por House)...
Para qué seguir. Lo que no entiendo es por qué la gente se empeña tanto en que me gusten cuatro escritores leoneses que no han empatado con nadie. Si son tan buenos como algunos pretenden y algunos de ellos mismos se creen sus obras perdurarán y las leerán y comentarán las generaciones venideras, pero yo siempre he desconfiado mucho de las obras de los autores vivos y prefiero esperar a ver que tal les sienta la muerte. Esto vale tanto para Mestre, como para Gamoneda, como para las pretendidas y pretenciosas obras de arte del Musac con las que literariamente me parto la polla: un ejemplo; tres 'artistas' vascos llevan encerrados en el Musac, junto con 15 voluntarios, desde el 8 de febrero y piensan salir (no sé todavía por qué) el día 20 de marzo. Durante estos cuarenta días han desarrollado (dice textualmente el periódico) "una treintena de ejercicios que van desde 'performances' hasta rodajes de vídeos en directo e incluso actividades de gimnasia". Uno de los tres fenómenos, un tal Mikel Euba ha calificado la experiencia como "agotadora", porque el reto era "excesivo". Vamos, no me jodas, excesivo fue pintar la Sixtina en el plazo en el que Miguel Ángel se comprometió con Julio II. Éstos 'ciruelos' no imaginan siquiera lo que es hacer una pontonada ni dormir sobre el andamio ni pintar con el humo de las velas atosigándote ni dejarse literalmente la vista en la obra, porque la cal y la pintura te caen encima y todavía no hay normas sobre prevención de riesgos laborales ni de seguridad e higiene en el trabajo. Lo dicho, unos presuntuosos, y luego vas a ver en qué ha quedado tanto trabajo y es una puta cagarruta. La basura del CTR de Gersul es más estética que las obras del Musac. Me pregunto: ¿de dónde sacan 'pa' tanto como destacan?... de la Junta, claro está, que no sé cómo cojones se las apaña para mantener a tanto gandul u holgazán que presume de trabajador.
El fresco del Juicio Final, de Miguel Ángel. Al lado, una 'obra de arte' del Musac. Los paridores del engendro de la izquierda presumen de que hacer algo así es un trabajo "agotador". Lástima de pico y pala)
PD: Para los interesados, diré que, en Los Elementos, Euclides predica: “se dice que una línea recta está dividida en el extremo y su proporcional cuando la línea entera es al segmento mayor el mayor es al menor”. Esta es la sencilla fórmula:

