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En aquel entonces la preocupación se incrementaba al poner el porcentaje de curas con más de 65 años cercano al 60 por ciento. La extensa, la amplia Diócesis de Astorga, que cruza por tres provincias (Orense, León y Zamora) después de haber dejado lastre de otras y del norte de Portugal, tenía entonces poco más de 300 sacerdotes, para atender a más de mil parroquias. Sin contar que muchos de estos curas tenían sus prerrogativas de profesores, canónigos y otras bagatelas y no entraban en el oficio parroquial. Lo que hacía que muchos de estos eclesiásticos tuvieran que vérselas y desearlas para poder atender el ministerio. Algunos curas tenían (entonces) que decir media docena de misas cada domingo, con su pan y vino correspondiente que, aunque sagrado, también aumentaba el positivo en los alcoholímetros de la Guardia Civil (que anécdotas hay para escribir sobre el caso y las multas pagadas o protestadas).
Mayores de 65 tacos. El que suscribe, sin ser cura, sino más bien un tanto anticlerical (no ateo ni agnóstico, que lo uno no quita para lo otro), ya ha entrado en dicha cofradía. Hoy no conozco los números de mi Diócesis Asturicense, en cuestión de datos eclesiásticos, con respecto al porcentaje de los curas mayores de 65 años ni los sacerdotes de los que dispone en efectivo el Obispado para poder mantener, con un mínimo de coherencia, el ministerio parroquial. Supongo que pasarán muy pocos de los 200 hombres para las mismas parroquias. Ahí están los templos rurales que llevan meses y meses sin un cura que echarse al coleto para rezar un popular rosario.
La crisis llegó ya hace mucho a los seminarios. Qué pena. Todo el mundo lo veía, lo palpaba, lo intuía. Pero nadie hizo nada por salvar los muebles. La Iglesia, en general y Astorga, en particular se encerraron en sí mismas y siguieron el curso de los acontecimientos sin poner una calza, un tentemozo a la recesión vocacional, sin proponer medidas de freno y marcha atrás. A la espera de que Dios tendría que proveer o que la circunstancia se arreglara por sí sola.
No sé, ni quiero saber cuántos curas en la actualidad de la Diócesis de Astorga superan los 65 años. Esas gentes de mi generación que entramos en tromba en los seminarios, en los colegios eclesiásticos para poder estudiar una carrera (aunque fuera sacerdotal), para poder formarse lo más posible, fuera de la escuela de villa. Eran tiempos revueltos de posguerra (años finales de la década de los 40 y primeros de los 50 del pasado siglo).
Tiempos de crisis. Como los de ahora. Y los seminarios eran la mejor opción para desertar del arado o de unas casas en las que el sueldo del paterfamilias apenas llegaba a mediados de mes. Máxime si, encima, te hacías con una beca que te podía pagar toda la carrera.
Muchos de aquellos chavales llegaron al final del camino con una formación completa en el apartado de Humanidades y extensa cultura general, así como en Filosofía, Sociología y Teología. Amén de otras disciplinas de letras y ciencias, a poco que la curiosidad te pusiera en el camino de los buenos profesores, que también los había. Cantaron misa. Han trabajado como han podido y sabido o han quedado en el camino de la equivocación (aunque siempre han tendido que acordarse de lo que el obispo les dijo el día de la ordenación: “tu es sacerdos in eternum”). Otros quedamos por la senda de la existencia laica, pero con unas bases académicas para abrirte paso en cualquier rama de la cultura y del bien hacer.
Dios nos asista. Ya digo que estamos en tiempos de crisis económica, de empleo, de ética, de valores. Mi generación entra en el apartado de los mayores de 65 tacos. Sin mucho que decir, ni por ende, que hacer. Los que tengan algo que proponer en el apartado eclesiástico es el momento de poner la imaginación a trabajar para echarle una mano al buen Dios en esto de las vocaciones. Porque, como decía el chiste, cuando el feligrés pedía insistentemente al crucificado de su parroquia que le tocara la lotería, el sacristán puso la voz del más allá y le animó de que, al menos, comprar un décimo para ayudar en el milagro.
Pues eso. Somos de la cuerda de los mayores de 65 años, de los 65 tacos. Esa generación que ahora queremos, debemos, tenemos que ponernos a bien con Dios. Digo yo. Y no sé si tendremos quien nos diga por donde tenemos que abrir el Liber ussualis para recomenzar los rezos dejados en alguna esquina de la vida. Sin muchos agüeros, sin mucho clericalismo trasnochado para no llegar poner el anti. Hombre, adecuado todo a la época actual. ¿Podría ser?
