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Nada me arregló el psiácrata, que amén de tilas y valerianas me mandó, por no aplazar el toro ni dejar bala en la recámara y sobreponerme a él, el debate, volver a verlo pero con más y mejor predisposición.
¡Buena la hizo! Me sobrepuse. Resistí el rigor de la regularización vía bonobus, o entendería Bonobush don Mariano. Aguanté su mirada escurridiza, que siempre bajaba cuando se sentía pillado en renuncio (fortaleza de ETA -hay que tener cara-, Becas, etc.). Vamos que empecé a alegrarme de estar en su marginalidad. Sí, pero sólo hasta el balance final. Ahí, con la repetición de la lacrimógena y demagógica intervención sobre la niña española y popular, me invadió una especie de mezcla de congoja y ternura que desembocó en un río de lágrimas inconsolables. ¡Qué bonita intervención!, mucho más que su bonita manifestación. Tan idílico texto parecía inspirado en aquellos insufribles libros de la formación del espíritu nacional (FEN) de Doncel en cuyas guardas aparecia al agua La Ballena Alegre, textos divulgadores de la falsa concordia del verticato sindical y su ideal nacional, me salvó. Ya fue superior a mí.

No obstante, por quitarme la extraña sensación de expulsado del paraíso de la tribu, busqué consuelo en el objetivo opinar de los periódicos. Todos, casi todos, de una u otra tendencia, templaban sus gaitas desde el empate a la victoria a los puntos de uno u otro candidato. Lo de las objetividades periodísticas, ya saben. Pero a todos les salía un público respondón en las encuestas y sobrepasaban sus cuidadas ponderaciones por la diestra o por la siniestra.
Me llama la atención la valoración del PP de que cuando en las encuestas lo aventaja el PSOE es por el apoyo de los nacionalistas. Me pregunto yo, ¿les pasará igual a ellos con la derecha extrema huérfana o bien refugiada? Seguro que no, no me lo podría creer viéndoles tan preocupados de los currantes.
No he encontrado consuelo hasta hoy. Como tantas otras veces me vino de la mano de Gustavo Martín Garzo en su artículo El Partido Popular y la gente normal. Jamás se lo agradeceré bastante. Ya no me siento tan sólo, al menos con él y con el hombre de las nieves sé que podré contar. Se lo digo con la cabeza y con el corazón, si ser normal es eso, y lo es, prefiero seguir de raro y a mi aire. Y defenderé mi rareza y la alegría con todas mis fuerzas. Pero ya se sabe, no tengo nada de objetivo, al contrario, soy muy subjetivo, y más cuando se trata de la vida de los sujetos, que no de objetos, vamos, cuando se trata de política.
Juan García Campal
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