|
|

Me declaro enemiga de las dietas. O mejor dicho, de las dietas salvajes (aunque a mí va a ser raro que me pillen hasta en las light). Creo que cualquier tratamiento adelgazante que suponga la supresión absoluta o casi absoluta de algún grupo de alimentos es dañino, puesto que el cuerpo humano necesita de todos para su correcta nutrición y subsiguiente funcionamiento. Además, no me gusta la manera en la que se manipula a tanta gente, a la que en lugar de enseñar a comer correctamente –lo que se resume en “de todo”, “en pequeña cantidad” y “limpio”- se la obsesiona e ilusiona con una rápida pérdida de peso, que tantas veces termina seguida de una igual o más rápida recuperación del mismo o más peso, tras el consiguiente desgaste del cuerpo.
Entiendo el entusiasmo general por la famosa dieta Dukan. Yo estaría encantada de perder unos kilos y parecerme a Jennifer López, pero la fuerza de voluntad no me acompaña y sucumbiría de inmediato ante una tortilla de patata o un buen vino, así que hace casi media vida que tomé la decisión de negarme ad aeternum a cualquier restricción alimenticia que me supusiera un esfuerzo doloroso. Si a eso le suman que el día más feliz de mi vida, casi parejo al de la victoria de España en el Mundial de fútbol, fue el último de mi 3º de BUP, cuando colgué al chándal –también para siempre, de momento-, pues ya imaginarán que no tengo remedio.
Con ello, por favor, no estoy diciendo que no sea recomendable cuidarse, sólo que a mí Dios no me ha llamado por los caminos de la contención gastronómica ni la práctica deportiva (vaya en mi favor que por la tele lo veo casi todo, ¿eh?), lo cual no me impide saber que son correctas e incluso practicarlas en mi medida (como menos de lo que puede parecer y vivo sin coche, así que hago todo caminando).
Pero a lo que iba, resulta que el señor este de la súper dieta, Dukan, ha escrito un libro que pretende ser una propuesta de acciones para el futuro presidente de la France y entre ellas incluye el que se fomente la delgadez premiando con un aumento de calificaciones a los estudiantes con determinado índice de masa corporal. Esa subida de notas se produciría, además, en los cursos previos a lo que allí viene siendo la Selectividad, es decir, en plena adolescencia, justo cuando uno tiene el cerebro más en su sitio.
La propuesta me resulta cuando menos digna de un dirigente nazi (el “cuando más” me lo ahorro, no sea que luego mi madre me diga que qué es eso de andar poniendo palabras feas por escrito). ¿Resultaría, entonces, que alguien que en lugar de poner el esfuerzo de sus horas en el estudio lo pusiera en el gimnasio podría entrar en una mejor universidad? ¿Qué pasaría con la chica que por naturaleza es redonda? ¿Y con el que disfruta comiendo y le da igual no lucir la tableta de Andrés Velencoso?
Desde mi punto de vista se está tardando en introducir dos asignaturas en los planes de estudio desde Primaria: una de Tecnología (no existe hasta la ESO) y otra de Salud. Es, creo, la forma de conseguir ciudadanos en mejor estado (cada uno con su metabolismo) y, por ende, reducir el sangrante gasto sanitario.
Sólo desde la educación se pueden transformar realmente los hábitos y además corregir importantes desfases presupuestarios, casi nada con la que está cayendo. Si nos enseñan a comer correctamente enfermaremos menos; si aprendemos a reforzar nuestro organismo en lugar de a ser farmacodependientes nuestra factura sanitaria bajará, tanto por los honorarios del médico como por el gasto del sistema y por la financiación de medicinas.
En fin, que me estoy poniendo muy seria y se supone que yo aquí escribía de la dolce vita y sus placeres. Que el Dukan este me parece por lo menos medio gilí, así que esta semana les pongo deberes: coman y beban complaciéndose especialmente en ello y piensen que yo no sólo no les bajo la nota sino que, como él, se la subo.
P.D. Saludos a Nicolás, un lector encantador que el otro día me visitó con su niño, más encantador aún, en Dolcetriz.
eva.suarez@dolcetriz.com
www.facebook.com/dolcetriz
https://twitter.com/#!/Dolcetriz
