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En La Bañeza y pueblos de la contorna a este domingo tortillero se le llama también domingo de San Lázaro. El evangelio de ese domingo relata la visita que Jesús hizo a una familia amiga para dar a las mujeres el pésame por la muerte de uno de sus miembros, Lázaro, al que a final, decide resucitarlo cuando ya su cuerpo sepultado olía a muerto. Es, según la liturgia cristiana, la preparación para el Domingo de Ramos, la entrada de Jesús en Jerusalén.
Los bañezanos y comarcanos caminan ese día hasta la orilla del río Órbigo, a la vera del Puente Paulón, en la carretera que une la capital de la provincia con Portugal, con dulzaina, tamboril y castañuelas, a pasar el día si, meteorológicamente es factible. Y sino, a comer de cualquier manera, "como sea" que diría Rodríguez Zapatero, una tortilla de patatas, acompañada de otras fiambres en 'farraspinas' y buen vino. Como postre, se degustarán las distintas y casi infinitas variedades de los bollos de San Lázaro. Y si el tiempo se hace infernal, la tortilla y los bollos se comerán en cualquier cocina.
Es la tradición. Una tradición que este año tendrá el aditamento de los comicios generales, después de una larga pre y campaña electoral ("por favor, no me hables de elecciones", me dijo al oído mi ángel de la guarda, cuando empecé a escribir esta columna). Será pues una fiesta añadida, pese a mi guardián angélico. La fiesta en la que los cuitados ciudadanos de a pie nos creemos algo, los que mandamos en España por un día, porque depositamos unas papeletas (blancas y asalmonadas), que pretenden dar o quitar el poder a unos candidatos que, a ultima hora, los vemos muy lejanos de nuestros problemas, de sus soluciones. No sabemos muy bien quienes son.
Además, las banderolas y carteles nos hablan de unos señores, rodeados de círculos concéntricos de escoltas y amiguetes, a los que el ciudadano cuitado no les puede preguntar nada. Verbi gracia: Zapatero, Rajoy, Llamazares, Rosa Díez..."Os vais a enterar", pensábamos los ya maduritos cuando en 1977 votamos por primera vez, después de casi 40 años de añoranza. Pero al final, el voto que meditas en la cabina y metes en una urna es la 30 millonésima parte de una ilusión que no vale para nada, que no hace parva ni montón, por aquello de que caga más un buey que cien golondrinas.
Los otros, los de tu provincia, no nos valen para nada, después de ver durante 30 años que solo sirven para levantar la mano cuando les mandan los supertacañones, pulsar un botón (que, a veces, confunden) y votar piedras de molino que después tendremos que ir comulgando (poco a poco o de una sola vez) durante cuatro años. Ya que, en el mejor de los casos, solo los vemos cada cuatro años si repiten en la candidatura, que casi todos ellos repiten, más que nada por aquello de la erótica del poder. Y después, si te he visto ni me acuerdo.
Por eso, este año, me uniré en la distancia interactiva a los políticos de medio pelo, y rezaremos juntos para que haga buen tiempo meteorológico y podamos celebrar, al menos, el domingo tortillero, el domingo de San Lázaro a orillas del Órbigo, en el Puente Paulón. Y al que Dios se la dé, San Pedro se la bendiga. Que tiempo habrá de arrepentimientos, de penitencia y pasión, de procesiones y oficios.
O no. Porque si gana don Z y revisa los emolumentos de eclesiásticos, la laicidad de las cosas divinas, los problemas teológicos de la vida diaria de pipas y caramelos, los rebajará, se los quitará (menos lobos Zapatero), que este hombre es imprevisible y lo que uno cree que es humo en bocanadas es una pavesa con todas las de la ley. Después, los obispos y curas se cabrearán (perdón, mi querido ángel de la guarda) y nos quitarán la Semana Santa, los pasos, los braceros, las cornetas, los tambores y toda la pesca. Que todo podría pasar. Señor, qué cruz.
