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OPINIÓN POR BOUZA POL
Pasarlo a limpio (y II)
Mi "revolucionario" amor cubano del verano del setenta en Villafranca…,
16/08/2009
BURBIALIDADES
...Ana María Aparicio Lago, de despedida, me regaló la «Confesión de Claudio», de Emil Zola. ¿Cómo olvidar sus hermosos ojos tristes, nuestro amargo burbia de lágrimas en el coche de línea de la Empresa Fernández, para coger “su tren” en Ponferrada, camino de Madrid, y luego a  Nueva York, al exilio…?

Atrás, muy lejos, quise dejar los libros de aventuras. Adiós a Julio Verne, a Emilio Salgari, a Alejandro Dumas. Me olvidé de «Stanley», descubridor del África Central, de Pierre Daye; de «Aventura en la cumbre», de Edmund Hillary;      de  «Aventura en Siberia», de Jonas Lied. Busqué refugio en «Nuestra Señora de París», de Víctor Hugo, y no lo hallé, mas salieron a mi encuentro el gran Oscar Wilde, y el insoportable vividor agonizante Hemingway, pobre viejo sin mar, sin ilusiones. Yo tenía que resucitar, y resucité con «Enterrad mi corazón en Nounded Knee» de Dee Brown, que me llevó de nuevo a mis quince años felices con «El paso del sol poniente», de Zane Grey, y «Noches de ladrones», de Harry Stephen Keeler, de 1947.

Lo tengo dicho, y lo repito: «Las mujeres hermosas, los árboles, y los libros, son lo mejor de mi vida contemplativa. Me reconozco y admito como un tío muy afortunado porque, a pesar de todos los pesares, de las tristezas, de las melancolías: las mujeres bonitas me emocionan, los árboles me asombran cada día más, y los libros, a su manera, me reconfortan también algunas veces.

«El misterio de la carretera de Cintra», de José  Mª Eça de Queiróz, lo disfruté a los diecisiete años y, ¡qué casualidad!, lleva un sello circular de letras violetas que pone: «Biblioteca Municipal. Villafranca del Bierzo».

«Tu tierno esposo Napoleón», de Emil Ludwig, primera edición abril de 1935, Editorial Juventud, Barcelona, y «Edipo Rey», de Sófocles, Editorial Voluntad. Madrid 1930 (que también saqué de la Biblioteca Municipal de mi pueblo, y se me olvidó devolver), me entretuvieron un tiempo precioso que yo quería dedicar a la poesía. Entonces descubrí al pobre Miguel Hernández, ¡compañero del alma, compañero!, que en la antología poética de Plaza y Janés de 1967 omitieron poner: «…con el puño cerrado. Nacerán nuestros hijos con el puño cerrado…» En este ejemplar, de tapas blancas, hay un sello circular, en letras moradas, que pone: «Diputación Provincial de León-Centro Coordinador de Bibliotecas». Confieso pues que algunas veces me convertí en un Robin Hood de bibliotecas. ¿Quién me iba a impedir amar a una preciosa chica, subir a un árbol, “raptar” un buen libro…?

Los «Relatos de terror», de Edgar Alan Poe, de la biblioteca de de mi bisabuela “La Condesa”, más que miedo, me dieron algo de risa al compararlos con los que me contaba mi adorada abuelastra Sofía Magdalena García, y los escuchados a escondidas en la bodega de Sapita.

En mi casa siempre hubo libros de agricultura, de viticultura, y otras lindezas, por ejemplo, «Tesoro de la cacería, con perro y escopeta», del año 1865.

«Otelo», de Emil Ludwig, versión española de Jesús Ruiz, Buenos Aires 1948, no me gustó gran cosa, pero ahora sí… «Cuentos de la Alambra», de Washington Irving, Aguilar Ediciones 1950, no está mal, para ser un autor norteamericano… Y «Pan», de Knut Hamsun, 6ª edición, Biblioteca Nueva. Madrid. Premio Nobel, 40 pesetas, es más bien un “pan” soso, un dios escaso que se me escapó…

Me sentó mucho mejor «Viento del Norte», de Elena Quiroga, que lleva unos años enterrada en el bonito Cementerio Viejo de mi pueblo (ahora a cuatro cuartas de Antonio Pereira), premio Nadal 1950. «Una ventana a la carretera», y, «Un sitio para Soledad», del hermano de Pepe Garabullo, e hijo de Don José el Navajero, me costaron lo suyo…, se ve que no tengo mucho remedio.

«Hitler me dijo», de Herman Ranchming, publicado en Nueva York en 1940, versión castellana de 1946, revisada por Victoriano Fernández Asís, fue uno de los primeros libros que “digerí” con dieciséis años. «El miedo a la libertad», de Eric Fron (que me prestó José Antonio Moral Santín), y «Las Ruinas de Palmira», de Volney, me mostraron el camino de la “intelectualidad”, donde hay muchos turiferarios de floridas pelambreras vendidos al poder y a los poderosos…

También he leído «La Élite del poder», de C. Wright Mills; «Subversión y reversión en la España actual», de Carlos I. Yuste; «Mis conversaciones con Franco», de José Maria Pemán; «Estructura de la Información Periodística», de Pedro Orive Riva; «Redacción Periodística», de José Luís Martínez Albertos; «La vida rural en la España del siglo XX», de José Sánchez Jiménez, editorial Planeta 1975, etc., etc., etc…

Hoy hay gente tan pobre que ni tiempo tiene, para leer, y presume de ello.

Pues eso.
 

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