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OPINIÓN POR PACO LABARGA
Pereira y otros cuentistas
Antonio Pereira fue un pionero: con su muerte ha marcado el camino que otros han de seguir:...
29/04/2009
ORO, INCIENSO Y BIRRA
... Crémer, Gamoneda... Lo cual, de paso, no sólo evitaría que siguieran dando la turra, sino que dejaría paso a la juventud que, a fin de cuentas, y mal que les pese a algunos es la que se juega todo en este pastel de heces que es la puta vida.

Ni una sola de las sociedades gerontocráticas ha tenido otro futuro que la oprobiosa desaparición. ¿Qué fue de los consejos de ancianos de las tribus indias?, que se fueron a tomar por el culo, ellos y sus tribus, porque unos jóvenes impetuosos se los comieron con patatas y con sus territorios, pese a que sospecharan que también ellos sucumbirían algún día a la estupidez de la vejez.

Como los políticos, los viejos apenas tienen nada que decir, y, a diferencia de aquéllos, se tienen que poner la dentadura postiza para que se les entienda algo.

Jamás entendí la veneración por los ancianos ni por nadie. Todos somos supervivientes en este mundo legamoso, todos somos igual de admirables y de despreciables.

El viejo Pereira no murió el sábado 25 de abril, sino que sucumbió ya hace unos meses al tedio de la última e insoportable Fiesta de la Poesía de Villafranca del Bierzo, bajo un sol de justicia (pues la lumbrera del alcalde había mandado podar los árboles de benefactora sombra del parque de La Alameda) y bajo una horrible canción de Amancio Prada y unos poemas no menos aterradores perpetrados por el flamante premio Cervantes Antonio Gamoneda y por otros.

Allí, bajo el sol y el coñazo insoportables, mi amigo y genial fotógrafo César Sánchez me dijo: “Date la vuelta, en estos momentos Pereira acaba de fallecer”. En efecto, así fue. César y yo sabíamos que, por mucho cuento que tuviera, estaba muerto, pero por alguna extraña circunstancia nadie pareció percatarse hasta el otro día. En fin...

Mi recuerdo de la última Fiesta de la Poesía de Villafranca es particularmente desagradable, con la única excepción de las sentidas palabras de Juan Carlos Mestre, recordando a personajes como ‘Ninguén’ o Gilberto Núñez Ursinos. Eso alivió un poco mi agobio. El resto, empero, fue todo pura descomposición orgánica de unos seres caducos. Una pena, pero así fue.

Vuelvo a mis fantasmas. Sigue nevando en las cumbres y ya se sabe: “Cuando hay nieve en las cumbres hay más pollas en los coños que pucheros en las lumbres”. El caso es que los apóstoles del cambio climático vaticinaron que a estas alturas nos estaríamos asando los cojones y se equivocaron, como la paloma de Alberti. Una estafa macabra disfrazada de pseudociencia.

Otro engaño multitudinario y pseudocientífico: la gripe porcina. Toda una sarta de mentiras que no es sino el culmen de una larguísima cadena de estupidez: El pescado azul era malo, el aceite de oliva era malo (era mejor el de colza desnaturalizado, que era un bichito que si se caía de la mesa se mataba), la sacarina producía cáncer, el sol producía cáncer, los microondas producían quemaduras y cáncer, las cazuelas de aluminio provocaban Alzheimer, la mitad de los habitantes de Estados Unidos moriría de hambre en el año 2000 (cuando el principal problema es la obesidad), el petróleo se iba a agotar en 1990 (y las reservas son cada vez mayores), los huracanes y los tifones aumentarían espectacularmente en intensidad y frecuencia (y estamos en el periodo más bajo de las últimas décadas).

(Después de tantos cerdos muertos, seguro que ahora los cerdos se descojonan de poder causarnos algún daño a los seres humanos)
 

Ya sé que nadie o muy pocos creen en lo que digo, aunque la realidad y los datos se muestren tozudos a la hora de desenmascarar a los farsantes. Lo cierto es que la gripe aviar fue un engaño, las vacas locas fueron un engaño y la fiebre porcina es, como no podía ser de otro modo, otro engaño, porque es menos letal que una gripe convencional, pero le prestan mucha más atención y dinero. La cuestión es gastar miles de millones de euros para nada, cuando se podían invertir en cosas que realmente salvaran vidas y mejoraran la calidad de vida de los ciudadanos, como la lucha contra los accidentes laborales o contra la contaminación del aire y del agua. Pero en vez de eso, todo lo que hacen los responsables políticos de nuestras amadísimas democracias occidentales es alentar miedos irracionales y paranoias terribles. Ya lo apuntó certeramente hace medio siglo el periodista norteamericano H.L. Mencken: “Todo el objeto de la práctica política es mantener al populacho alarmado (y así clamoroso por ser conducido a la seguridad), amenazándolo mediante una interminable serie de demonios, todos ellos inventados”. Sí, Pereira era un gran cuentista, pero nada comparado con estos sinvergüezas.

http://elumbraldepaco.blogspot.com

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