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Hace unos días, un paisano bañezano que vive fuera me abrazó efusivamente y preguntó por mi vida. Mi contestación fue un tanto rotunda: “Aquí estamos, salvando España de la quiebra, desde que hace dos año un desalmado nos puso a caldo a todos los pensionistas, para que con nuestros emolumentos enjugar la deuda pública, que él había cosechado. A lo mejor (o a lo peor, que con éste nunca se sabe), ahora que llega Don Rajoy nos libra del peso que llevamos a cuestas”. Pero así y todo: “Pobrecito mi patrón, / piensa que el pobre soy yo”.
Andan políticos de mi provincia amontonando bienes monetarios, cobrando docenas de sueldos, como si fueran arañando a destajo; o prejubilaciones sabrosas (a la vez que sigue el interfecto trabajando para propia empresa que lo prejubiló). Andan los sindicatos buscando nuevos canales de financiaciones extras, como ha venido siendo hasta ahora en los últimos siete años y medio, porque el momio se les escapa por la raja de las urnas del 20 de noviembre. Pero ya decía Cabral: “Pobrecito mi patrón, / piensa que el pobre soy yo”.
Pobres ejecutivos de bancos y sobre todo, cajas de ahorro. Probines. Como quien no quiere la cosa, se han blindado con cantidades de euros, a manera de muralla inexpugnable despidos, jubilaciones y prejubilaciones, como si el dinero fuera la mejor manera del poderío que hasta ahora han venido padeciendo. Pobres directores de estas cajas que han firmado estos blindados, estas jubilaciones millonarias y prejubilaciones inmorales, mientras van desahuciando a las gentes que no pueden hacer frente a sus hipotecas. Qué razón tenía Don Facundo: “Pobrecito mi patrón, / piensa que el pobre soy yo”.
Hace más de cuatrocientos años, Ignacio de Loyola le dijo a Francisco Javier lo mismo que Cristo había dicho al demonio cuando le ofreció todo el mundo, placeres y riquezas: “De qué te sirve ganar todo el mundo si pierdes tu alma”. Sin embargo, en los tiempos que estamos nadie hace caso del fundador de los Jesuitas. Aquí todo quisque anda acopiando oros, en una especie de síndrome de Diógenes, aunque para ello encienda las hogueras de la corrupción y la codicia, sin saber muy bien para qué amontonar tanta basura, si al final, tendremos que echar mano de la filosofía de Fernando Cabral: “Pobrecito mi patrón, / piensa que el pobre soy yo”.
A veces, casi siempre mueren antes los mejores. La noticia de la muerte de este cantautor argentino quedó prendida en las ondas, como grajos en un pentagrama del tendido eléctrico, como algo que había sido una terrible confusión de los sicarios que querían cargarse a su acompañante. La muerte de Cabral fue una especie de efecto colateral de una guerra de facinerosos. Por eso, hoy, con esta canción que estoy oyendo a Alberto Cortez, mientras redacto esta columna. Quisiera que fuera mi postal de felicitación para mis amigos lectores de leonoticias.com.
“Pobrecito mi patrón, / piensa que el pobre soy yo”. Así se repite el estribillo, mientras van cayendo las píldoras de filosofía pura: “Yo no sé quién va más lejos, / la montaña o el cangrejo… / Quién sabe si el apoyarse / es mejor que el deslizarse. / El agua blanda acaba con la piedra dura… / Solamente lo barato / se compra con el dinero…/ Más que el oro es la pobreza, / lo más caro es la existencia… / Qué me importa ganar diez / si sé contar hasta seis… / Pobrecito mi patrón, / piensa que el pobre soy yo”.
Feliz Navidad a todos y en lo tocante al próspero año nuevo que la suerte ayude a su libre albedrío, en este bisiesto que se nos echa encima.
