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OPINIÓN POR POLO FUERTES
Réquiem por el caserío de Riaño
Me quedé impactado por las imágenes 'YouTube'...
23/11/2010
CON VENTANAS A LA CALLE
...sobre la demolición de la torre de la iglesia de Riaño, hace ahora más de 23 años. Fui testigo mudo de la demolición de esta vieja villa montañesa. Pero aquella semana me había tocado descanso del cuerpo y del alma, después de seguir las peripecias de ecologistas, guardias civiles y vecinos, para poder contarlo diariamente en La Crónica de León.

Por eso, cuando llegué el domingo, día 19 de julio de 1987, al tajo, la torre ya había caído y solo la desolación de los cascotes cantaban el réquiem de su muerte súbita, al igual que otras casas que sabían de las retroexcavadoras, a pesar de ser entorpecidas por los defensores del caserío riañés. Tras escribir la crónica que titulaba ‘Nueva tregua de 24 horas en el derribo de la comarca de Riaño’, para dar el Ministerio de Obras Públicas (MOPU) un descanso a los obreros, escribí una columna de opinión, bajo el título de ‘Requiem por las casas de Riaño’.

Hoy he vuelto a recordarlo, al ver caer la torre de la iglesia montañesa y me he permitido transcribirlo, como añoranza de las muchas veces que pasé a la vera de aquel pueblón, con mi familia, camino de tierras santanderinas, por el puerto de San Glorio y el desfiladero de Potes. Descanse en Paz Riaño tras aquella barbarie que el MOPU ejecutó, como el último fusilamiento del franquismo, por las manos de socialistas de Felipe González.

“Y no quedó piedra sobre piedra. Riaño era aquel domingo una romería. Coches  y más coches serpenteaban por las salidas de emergencia, que aún confluyen hasta los escombros. Un autocar hace maniobras en el veinte por ciento. Por la carretera las vacas incontroladas  pasean sus sueños y sus ubres que, posiblemente, no serán ordeñadas. Mientras, montones de muebles y toda clase de enseres, cubiertos con plásticos negros, esperan el advenimiento de algún camión que los traslade a otro lugar y los cobije y esconda de las miserias, de la destrucción. Alguien vendimia los cerezos de los huertos, arrancando ramas enteras. De los escombros de algo que debió ser una casa, mana un hilo de agua que encharca un tramo de la calle principal. El reloj de la torre de la iglesia, apoyado en el balcón del Ayuntamiento, marca una hora indecisa, la hora de la demolición”.

“No quedó piedra sobre piedra. Solamente la verja de lo que fue la casa del cura, la entrada al jardín, marca la situación precisa (“aquí desayunamos un día que íbamos a Santander” me dice al oído mi mujer, mientras paseamos la desolación). La curiosidad se mezcla con el morbo. El hotel Presa, la Casa Consistorial, las escuelas, el cuartel de la Guardia Civil y el cine París hacen guardia sobre las ruinas de una guerra perdida (“aquí un chalao casi nos lleva por delante otro año”). Recuerdos de gentes de paso. De gentes que visitaron alguna vez los Picos de Europa, el Valle de Valdeón, el Puerto de San Glorio y que ahora su cariño los llevó un día a dar el último adiós a Riaño”.

“Ni un mísero muro queda en pie donde lamentarse. La intransigencia de unos y el superpoder de otros no han llegado a entenderse. Es como si fuera una bomba de neutrones. Pero al revés. Ha matado a las casas, a los árboles y a la Naturaleza y dejó en pie a los hombres, al paisanaje. Castigo total y completo. No hay otra explicación. Hace años, en tiempos del general, del franquismo, los responsables de desaguisados como éste cubrían sus cuerpos y corazones de golpes de pecho y pésame Señor, llenando sus almas de hostias. Pero…, ¿cómo acallarán sus conciencias estos mandamases de ahora que, por su ideología, son teóricamente ateos y agnósticos?”.

“Un balcón retorcido, que alguna vez fue cubierto con banderas y mantones, al paso de cortejos y procesiones, enseña sus barrotes en una  mueca de risa irónica. De una caja de colacao, reventada por el peso de las piedras, asoman chicles y golosinas. Aquí yacen las piedras de la incomprensión, las piedras de las casas de Riaño”.

Después, montamos en el coche, camino de la redacción. Mientras, en mis oídos silbaba un canto fúnebre: “Dies irae, dies illa, solvet saeculum in favila. Teste David cum Sibylla…” (Día de ira, aquel día, reducirá al mundo en pavesas. Testigo David con la Sibila), dice el oficio de Difuntos, dice el oficio de Tinieblas, hoy, a 23 años vista.

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