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Quién nos lo iba a decir a aquella rapacería de finales de los cuarenta y principio de los cincuenta, que el hijo de Paco Vega iba a llegar a una de las más altas magistraturas del Estado. Roberto era para la panda el hijo de Paco Vega, como popularmente se le denominaba a su padre y al almacén de coloniales que regentaba a la vera del paso a nivel. Junto con su madre, Milagros la de la jabonería. Así y todo, siempre fue el hijo de Paco Vega.
Cómo se me iba a mí a ocurrir contestar a mi madre, cuando me preguntaba por qué llegaba tarde, o dónde y con quién había estado, con un "estuve jugando con Roberto, uno de los miembros del Tribunal Constitucional". Toma ya. Y es que Roberto era uno de tantos de aquella chiquillería, que habíamos nacido en los años de la posguerra incivil. Jugábamos a 'toledo', a las 'carpetas', al 'bote', a las 'series', a los cromos, a los mil juegos de calle. Como todo hijo de vecino, en aquellos tiempos sin radios ni televisiones. Y aunque todos nos nominábamos por los hijos de la madre correspondiente, Roberto siempre fue el hijo de Paco Vega. Un señor que sabíamos de su campechanía y esplendidez, y a la vez relacionado el fuerte olor a ultramarinos y coloniales que recordábamos de las esporádicas visitas al almacén, del ir y venir, del cargue y descargue de carretillos y cajas de mil productos.
Con el paso de los años, yo me marché a Salamanca y él a León y Oviedo. Sólo esporádicamente, coincidíamos durante las vacaciones de verano y poco más. Después su trayectoria profesional se disparó por los derroteros que siempre siguen los números 'uno', y nuestras coincidencias fueron distanciándose más y más.
Sin embargo, no me extrañó nada, cuando un día de primeros del año 1990, sonó el teléfono y una señorita me indicó que Don Roberto García Calvo, miembro del Consejo del Poder Judicial, quería hablar conmigo. La Junta Pro Fomento de la Semana Santa de La Bañeza le había nombrado pregonero y quería que fuera yo su presentador. "Oye, fue una de las condiciones que puse, que tú fueras el presentador. No te parecerá mal, amigo Polín". Y es que aquella amistad infantil todavía y siempre ha tenido sus posos, y era una forma más de cambiar nuestras 'series', o cromos, al más alto nivel.
Al final no pudo ser. Una desgracia familiar (la muerte repentina de una hija veinteañera de Roberto) hizo que quedara pospuesto aquel pregón, que tuvimos que improvisar, al alimón, Pepe Cruz Cabo y yo, en medio de emociones contenidas, en la iglesia parroquial de San Salvador de La Bañeza. Hace unos años fue nombrado por el semanario local El Adelanto Bañezano Personaje del Año. Fue otro encuentro memorable entre antiguos amigos, en la distancia de la personalidad ("Te sigo en el periódico, que conste. A ver si un día te acercas por Madrid y comemos juntos", me susurró al oído de mi ego profesional").
Y es que el Tribunal Constitucional ha estado durante los últimos cuatro años flanqueado ideológicamente por dos bañezanos, Roberto García Calvo y Maria Emilia Casas Baamonde. El primero presuntuoso de su bañezanismo; la segunda, rodeando sus concomitancias bañezanas de adolescencia y juventud con natalidades gallegas, a pesar de haber sido pregonera un año de los carnavales de La Bañeza y demostrar que su recuerdo siempre ha estado a orillas de los tres ríos que circundan la ciudad (Órbigo, Tuerto y Duerna).
Descanse en paz Roberto García Calvo, el hijo de Paco Vega, al que el Ayuntamiento de La Bañeza no llegó a cuajar una de las iniciativas propuestas durante el homenaje por el semanario bañezano, arriba citado, como era el nombramiento de Hijo Predilecto de la ciudad. A veces, las prioridades y añoranzas de la infancia y de la amistad se confunden con trasnochadas ideas políticas, para poner bajo el tapete propuestas populares. Hasta siempre.
