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OPINIÓN POR POLO FUERTES
San Silvestre, el año acabeste
No es lleunés ni dios que le fundó. Hay que constatarlo...
31/12/2008
CON VENTANAS A LA CALLE
...No vaya a ser que las huestes del Abel Pardo se lo apropien para su diccionario y dejen a mi abuela Anselma, que fue a quien primero se lo escuché, con el culo al aire. Sí señor, San Silvestre, el año acabaste. Y se acabó. 31 de diciembre, fin de año. Año añejo, viejo, decrépito, de la tercera edad, jubilado y tal. Y este 2008 que hemos dejado en la cuneta sea también para el olvido. Más que por malo, por ser el prólogo de lo peor. Eso que dicen los economistas estar por venir y que va a dejar a Sodoma y Gomorra como simples monjitas ursulinas de rezos continuados.

Siempre, en llegando esta fecha, la abuela Anselma sacaba a relucir lo del San Silvestre, el año acabaste. Toma allá. Le apodaban la 'Fréjola' (por eso, todos sus descendientes hemos sido frejolines) y, además, vendía galochas (madreñas, en lleunés, que ahora hay que bilingüear hasta de forma oficial).

Por eso, en mis años de estudios apologéticos, me empapé de la vida de San Silvestre. Un papa bueno (el número 33 de la cristiandad), que le puso freno al arrianismo en el Concilio de Nicea. Y es que el cura Arrio se sacó de la manga que Cristo solo era hombre, profeta, y como tal carecía de divinidad. Cosas de aquellos cristianos de los siglos III y IV, que no tenían que pensar en crisis económicas, ni recesiones de crecimiento, ni otras pamplinas que ahora explica el tío Solbes con el lapicero metido en la boca.

San Silvestre, el año acabaste. Y que le den morcilla, con el segundo adicional incluido. Nosotros tendremos que pechar con lo que venga y cuando, dentro de 365 días vuelva la celebración de San Silvestre, día en el que murió este papa 33, allá por el 335, volveremos a acordarnos de nuestra abuela Anselma para soltar la frase de San Silvestre, el año acabeste. Si es que llegamos, tras la carrera de obstáculos de hipotecas, consumos, subidas de precios (algunos, como los bares de mi pueblo, La Bañeza, ya lo hicieron efectivo desde el día de los Inocentes, el pasado 28 de diciembre), euribors, eléctricas y de todos los santos, amén.

Si fuera posible (que no lo es), yo mandaría parar los giros de la tierra y el sol, para que el 2009 no pudiera levantar su telón en este gran teatro del universo. Y si esa posibilidad se llegar a cuajar en algo práctico (más que metafórico), yo me bajaría para no sufrir las predicciones con las que nos están bombardeando los noticiarios, tertulias y periódicos.

Cuando escribo esta columna ya se ha celebrado la San Silvestre en la capital de provincia y se prepara la de La Bañeza o la de Vallecas (por nombrar a dos de las más famosas que lo hacen en la onomástica del santo papa Silvestre I). Yo, desde luego, no voy a participar. Porque, a parte de tener mi cadera derecha aún en la garantía de su titanio, este año (por San Silvestre el año acabaste) no dejará de ser una carrera loca hacia ninguna parte. Vamos, como para estrellarte contra las puertas que la recesión está colocando al campo.

Y por supuesto, que nadie me pida que haga este día asilvestrado ningún propósito de la enmienda ni zarandajas por el estilo. Más que nada, porque a mi edad ya le quedan a uno pocos vicios de qué arrepentirse. Y si los tuviera, pues tampoco.

San Silvestre, el año acabaste. En cuanto a esa otra acepción que tiene el palabro sustantivo está ya fuera de lugar. Dado que la flora, la fauna, la vida silvestre es ya una pura fábula con eso del calentamiento global y la madre que lo parió. Aunque por el camino que dicen los economistas (economista: ese señor que está pronosticando cosas, crisis y tal y nunca se pone de acuerdo en cuándo llegan y, sobre todo, cuándo terminan), lo mejor serían que nos liáramos la manta a la cabeza, nos cubriéramos el cuerpo de pieles, calzáramos zuecos de madera y construyéramos un chozo silvestre para poder vivir. Con lleunés incluido para entendernos en la silvestración, oiga. 

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