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En estos días, en los que se recuerda a la gente la bonanza del leer, me viene a la memoria cada año la figura de mi santa madre, leyendo enormes novelas, en las largas tardes de aquella pequeña cocina, de una casa de la calle Astorga de La Bañeza, una vez que fregaba y recogía los cacharros de la comida. Es casi como un homenaje a aquellas reuniones en las que la escuálida estancia se llenaba de vecinas, alrededor de la vieja mesa camilla, mientras mamá Albina leía, interpretaba cada uno de los personajes de aquellas novelas enormes, en uno o dos capítulos por día.
Viejos libros que volvían después bajo el alto armario de cristaleras que ocupaba casi una de las paredes de la cocina, hasta la tarde siguiente, si todo se daba bien. Era mejor que mi padre no descubriera la novela para no llegar a la necesidad de explicaciones. Unas novelas que también nos servían a mis hermanos y a mí de escalera, de tarima para llegar a las puertas superiores donde, en un rincón, se guardaba siempre algún paquete de caramelos.
Eran tiempos de carencias, en los que los aparatos de radio escaseaban en las casas, lo que hacía imposible seguir las primeras radionovelas lacrimógenas que después, sustituyeron a las tertulias de vecinas de la cocina, en aquella casa de la calle Astorga de La Bañeza. Muchos años después, las viejas y enormes novelas sirvieron de sentajín en el desván de aquella vivienda, mientras repasaba sesudas asignaturas, para tener preparados los siguientes cursos de nuestros estudios universitarios.
Hace unos años, añoraba con una famosa dama bañezana, conocida empresaria en la capital de la provincia, ya desaparecida, aquellas tertulias con mi madre, mientras recodaba mi retorcida niñez, juntamente con la de sus hijos. “Fueron épocas de amistad y reconocimientos mutuos”, comentaba Marina Bécares (viuda entonces de Domingo Fuertes). “Tu madre era una lectora empedernida y aún recuerdo un enorme libro, que se titulaba ‘Senda de redención’, que durante meses nos tuvo embelesadas a las vecinas”.
Hoy he vuelto a rememorar aquellas viejas novelas, después de conocer la muerte de otra embaucadora de las letras, como fue Corín Tellado. Añorando, soñando que estoy sentado sobre aquellos viejos y enormes libros, leo los últimos capítulos de un subversivo libro de Fernando Sánchez Dragó, titulado ‘Si habla mal de España… es español’. Y es que mi mentora en la lectura, mi madre, siempre decía no analizar nunca sus páginas hasta que no concluir la lectura. “De todos se aprende algo y, de algunos, mucho”.
Hace unos años, el Círculo Mercantil Bañezano tuvo una brillante idea, como era la lectura de El Quijote el día 23 de abril, con motivo del Día internacional del libro. Desde primeras horas de la mañana, hasta bien entrada la tarde, muchos bañezanos protagonizábamos la lectura de mamotreto de Cervantes, para conmemorar el día de su entierro, allá por el año 1616. En uno de sus salones se congregaban socios y no socios para seguir la lectura de la eterna novela del desvencijado manchego que, en años sucesivos, se fue sustituyendo por la de autores bañezanos, como Antonio Colinas, Ernesto Méndez Luengo, Conrado Blanco, etc. Hasta que el cansancio y la desidia de sus organizadores dejaron la iniciativa fuera de órbita.
Sigo sentado en la memoria en aquellos mamotretos (‘Senda de redención’ entre otros), con los que mamá Albina hacía las delicias de las vecinas amigas con sus lecturas. Fue su mejor herencia con diferencia. El pasado fin de semana trasladé mis reales sobre una enorme novela de las de mi madre a la Plaza Mayor de La Bañeza, donde el Ayuntamiento tuvo la feliz idea de desarrollar una feria del libro.
Todo un éxito rotundo, a pesar de los nubarrones meteorológicos y a tenor de la asistencia de curiosos que recorrieron, una y otra vez, las 20 casetas de la feria. Revuelto todo con la presentación de una decena de libros y la puesta en escena (solo en escena) de varias ideas relacionadas con La Bañeza y con la literatura, que hicieron temblar las estructuras de la enorme novela de mamá Albina, en la que estaba sentado. De forma virtual. Oye. Que uno también tiene su respeto al papel escrito.
