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...Durante más de 40 años de dictadura hicimos pedorretas a la prohibición gubernativa del antruejo y las carnestolendas, acuñando uno de los lemas más importantes de esta fiesta popular, como es 'correr el carnaval'. Más por las carreras que hubieron y hubimos de echar delante de la Guardia Civil y Policía Municipal, que por un desmesurado saber académico en la creación de frases para la eternidad.
Con este preámbulo por delante, me referiré a una anécdota que más de una vez nos contó mi madre, alrededor de la camilla que ocupaba la mayor parte de una vieja cocina, cuando los inviernos de la década de los años 40 del pasado siglo amarraban con sus cadenas los fogueos de nuestra niñez, carente de radios y televisiones.
Contaba mi madre que, al terminar la Guerra Civil hubo una gran plaga de pulgas en pueblos y ciudades de León y, por ende, en La Bañeza. La miseria se combinó con el terror y eran muy escasas las soluciones que corrían de boca en boca contra los bichos saltones. Las más de las veces blanqueando con cal paredes interiores y exteriores que, previamente se había 'matado' con agua en los largos pasillos, tras cerrar todas las puertas y ventanas, para aprovechar los mortíferos gases que producían al ser anegadas con agua las piedras de cal viva, una vez desalojada la vivienda de personas y animales. Y los más pudientes, con soluciones de ácido bórico o zotal, diluido en agua o alcohol y esparcido con distribuidores de aire comprimido.
En los primeros años de aquella década, que aún olía a pólvora y sangre fratricida, un conocido carnavalero bañezano, de cuyo nombre quisiera acordarme, salió al mercado del Sábado de Carnaval, disfrazado de buhonero, vendiendo polvos para matar las pulgas. Unos pequeños cucuruchos contenían los polvos mágicos (harina tostada y bicarbonato), importados de Italia, con los que aseguraba la desaparición de los insectos saltones y chupadores de sangre. Para dar más veracidad al producto, el susodicho se había inventado un curioso galimatías en forma de idioma, en el que la sílaba 'li' era la terminación ideal, para dar más sensación del habla italiano, haciendo esdrújulas casi todas las palabras, dando como un mejor tono de extranjería.
La venta del producto entre sus paisanos bañezanos fue nula, conocida la fama de cachondo y burlador mental de aquel carnavalero. Sin embargo, algún aldeano forastero picó y compró uno de los cucuruchos, al módico precio de una perrona (diez céntimos de peseta). Contento y satisfecho marchó el labriego comarcano, hasta que se dio cuenta de que el cucurucho no tenía prospecto ni modo de empleo. Volvió al puesto del buhonero carnavalesco a preguntar la forma de usar el producto, y el polichinela cachondo y fanfarrón le explicó en su italiano de andar por casa todo el proceso: "Cógeli púlgali, ábreli bócali, mételi pólvoli, ciérrali bócali, púlgali muértali".
La anécdota de mi madre podría ser una forma más de exterminio de la actual plaga de topillos (¿se sabe ya si fue la Junta, el Icona o la madre que parió a Peneque los que echaron a pacer a estos roedores?) que arrasa el campo de Castilla y León, después de las ensayadas por la Consejería de Agricultura y Ganadería (fue clavado el chiste de mi amigo Lolo, el día que nombraron a Silvia Clemente titular de la cosa, colgada de una lámpara, mientras los topillos campaban por sus respetos). Hoy, con toda seguridad, el cachondo carnavalero bañezano saldría al mercado y vendería el producto con el prospecto de su italiano de andar por casa, ya editado en cederom y digitalizado: "Cógeli topílloli, ábreli bócali, mételi pólvoli, ciérrali bócali, topílloli muértoli". Ay Díos, qué cosas veremos.
