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Joder, que bonito. Aquel día charlamos de lo humano y lo divino, del tiempo pasado juntos en nuestro periódico, en aquella Crónica de León de nuestros amores que comenzaba a ser una especie de familia disgregada, desestructurada. Cuando había sido todo lo contrario. Una historia que alguien tendrá que contar alguna vez, en la que el director sólo se sabía de su cargo durante las reuniones matutinas y vespertinas, en las que cada uno ponía sobre aquella mesa redonda toda la batería de ideas e iniciativas que llevabas en tu marsupial de fantasías. Fueron tiempos duros, pero añorados, fueron años de sacrificio (jodidos, diría el vulgo), pero contentos, fueron épocas en las que el precipicio de la desaparición estaba presente cada día, pero en las que todos arrimábamos el hombro como Dios nos daba a entender.
Y en todo este tiempo, yo fui el mejor ‘pagado’. Me explico. Desde que aquella tarde del uno de marzo de 1986 en el que abrió su puerta nuestro periódico, siempre estuve rodeado de jóvenes, inoculado de juventud y de libertad. Una vacuna que cada día volvía a ponerme, para estar a la altura de las circunstancias de un diario que nacía herido de muerte y ahí sigue. Aunque sea a trancas y barrancas en los últimos tiempos.
Y tras los recuerdos, Javi me invitó a participar en el proyecto, a colaborar en otra etapa del periodismo: la línea digital. No le prometí nada. Hacía dos meses que me había jubilado y mi vida era placentera, tranquila, apetecible y esperada, aunque me faltaba mi vacuna, mi dosis diaria de juventud. “Al menos, aunque sólo sea para que mates el gusanillo de seguir contando cosas, que de eso sabes tú la tira”, me animó el nuevo y flamante director de leonoticias.com.
He dejado a un lado la información. De seguir haciendo lo mismo que los últimos treinta años, hubiera sido como jugar al escondite con mi jubilación, como si hubiera traicionado a algo que había alcanzado por méritos y años propios. Por eso, cada semana me asomo a esta ‘Ventanas a la calle’ y recuerdo cosas, escribo cosas, opino de cosas, me deleito con cosas. No he llegado aún (pobre iluso) a ese escribir diario de Victoriano Crémer, ni pienso en llegar. Pero ahí estoy.
Han pasado muchos años y muchas cosas desde aquellas clases de oyente en la Escuela Oficial Nacional de Periodismo de Madrid, de mediados de los años 60 del pasado siglo; de aquel periodismo lentorro como los tiempos que pasaban por el calendario de la dictadura, de aquellos primeros pinitos en Marca (24 páginas de nada) en los que había que pedir la vez para poder firmar un articulito.
He sido testigo de la explosión informática en el mundo del periodismo. Casi testigo de cargo. Sobre todo, porque la edad ya no me acompañaba cuando en aquel marzo de 1986, en la redacción de La Crónica ya no se volvió a ver una máquina de escribir. Todo eran ordenadores. Unos ordenadores, hoy arcaicos, cuyos sistemas se ‘caían’, como un niño cuando empieza a dar sus primeros pasos. Tiempos de entusiasmos compartidos, de bocadillos compartidos, de ideas compartidas, de amistades compartidas. Sin escalas de mando, sin jefaturas, sin protocolos, sin envidias…
Por eso hoy sigo aquí, asomándome a estas ventanas a la calle, para matar el gusanillo de estos tres años de un ajuntaletras jubilado. Que además, encuentra las satisfacciones del nuevo lector que te para por la calle y comenta la última columna, o te llega (vía correo electrónico) la felicitación o la crítica de gentes de León y La Bañeza (mi pueblo) que están en cualquier rincón de España, del mundo (Argentina, Estados Unidos, Brasil, Alemania, Suiza, Francia, Inglaterra…). Es el nuevo periodismo que ninguno de los que asistíamos aquellas clases de la Escuela Nacional de los años 60 del pasado siglo nos podríamos imaginar.
Y yo estoy ahí cada semana (o casi), al pie del cañón, en leonoticias.com, para matar el gusanillo de un jubilado, que cada día intenta buscar esa droga que se llama juventud y libertad. Aunque sólo sea paseando por mi ciudad o arrimándome a un mostrador, mientras tomo una caña de cerveza y escucho cualquier conversación de un corrillo de jóvenes. Un periódico sin cortapisas, sin tener que mirar el espacio para que no te salga al final aquello de “sobran 20 líneas” cuando ajustaba el texto del periódico de papel. Casi, casi como el disfrute de una libertad total. ¿O no?
