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Porque milagro fue que un grupo de jóvenes agricultores, con ideas progresistas sobre lo que había sido siempre el campo, lograra unir a más de 15.000 familias campesinas leonesas, cuando comenzaban a verse las primeras rendijas de libertad en la transición democrática de la década de los años 70 del pasado siglo.
Fui un testigo mudo, como muchos otros, de su nacimiento. Adscrito, por casamiento, a una familia de labradores, a la vez que descendiente por línea materna, sabía que la desconfianza era la nota más dominante en el pentagrama de la familia campesina. Por eso, siempre creí que fuera un milagro el nacimiento de la UCL y la consecución, a base de ‘güevos’ y de unión, de una serie de demandas que daban aires de verosimilitud a aquella bandera enarbolada en el campo.
Pero el milagro, como todo lo que no se vaya entibando tras la consecución, fue cayendo en desgracia y reyerta entre su primera línea de dirigentes, se desmoronó, hasta desembocar en la expulsión del sindicato de los más críticos, un cinco de agosto de 1990, en una asamblea multitudinaria en el frontón de Pobladura de Pelayo García.
Y si fui testigo mudo de su creación y consecución de objetivos, la ruptura me cogió entre los fuegos de las dos opciones contendientes, encabezadas por Gerardo García Machado y Matías Llorente Liébana, por mi condición de periodista para La Crónica de León. En más de una ocasión tuve que salir por pies de una trifulca, en la que yo no había tomado partido nunca, como era obvio.
Un mes después, en Carrizo de la Ribera, durante la celebración de la VIII fiesta campesina del sindicato, su mantenedor, el periodista y amigo desaparecido, Juan Florencio Pérez, Chencho, le puso en bandeja a García Machado, durante su intervención, la posibilidad de intentar un acercamiento con los críticos, pidiendo la paz, la unidad y el diálogo entre las huestes uceleras.
Pero Gerardo no quiso, no pudo o no supo seguir la senda que marcaba Chencho y su respuesta fue el insulto, la descalificación y el desprecio a todo el que quisiera hacerle sombra. Poniendo a parir a los críticos “golpistas”, a La Crónica de León, a la Diputación y al Partido Socialista de Rodríguez Zapatero, “porque la UCL no somos su recogepelotas”. Un Rodríguez Zapatero que aquel día ya no asistía a la fiesta en Carrizo, como era su costumbre.
Y la UCL se rompió definitivamente en una fiesta que debía haber hablado más de alegría y camaradería. A la vez que se iniciaba unas actuaciones judiciales que remacharon su desaparición.
Ahora, parece ser que en otra fiesta, la XXVIII (tampoco estuvo Zapatero esta vez, porque al no ir a Rodiezmo, no le cogía de camino), en La Bañeza puede ser el principio del fin de aquella ruptura irreconciliable. “Se están dando pasos muy importantes para la reunificación”, me apuntaba el otro día Matías Llorente. “Aquella unión que llevaba nuestras siglas, que aún tengo custodiadas desde que el juzgado nos dio la razón, hace 20 años. Un renacimiento que vuelva a agrupara a los campesinos, para no morir todos en el intento, si no llega a buen puerto esta operación”.
Hoy sería imposible de todo punto encontrar en León 15.000 familias de campesinos y ganaderos para volver a aquellos parámetros de los tiempos de la creación de la UCL (algún día, alguien tendrá que escribir la historia de aquel milagro). Son también tiempos difíciles como los de entonces. Pero el campo leonés necesita unión para salvar este puente tambaleante al que estamos abocados sobre un río sin vados.
Yo brindo por este renacimiento, ya fuera de la barrera, tan solo en el tendido alto de la jubilación. De momento, vuelvo a ver juntos a varios miembros de aquella primera línea de dirigentes (enmarcados hoy en las siglas de Uval y de Ucale). Más viejos, sí, pero quizá más templados, más apaleados, más zurcidos por el paso del tiempo. Pero a la vez, creo, cargados de ilusión. Amen, oye, que al fin y al cabo, la UCL nació en un iglesia de pueblo.
