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Pero la marca de ayer va a costarme trabajo superarla. O no, y, entonces, aún será peor.
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La cosa fue que necesitando hacerme una foto para un metafórico nuevo libro de familia, que anda uno en vísperas de parto, tiré de mi buen amigo Graciano, que tiene ojo fotográfico –aunque él jamás lo reconocerá, ¡me desespera!- y allá que nos dimos al pose y disparo durante un rato acabado en cerveza. La actuación -si pongo “acto”, ya hay coñas- fue el miércoles. Pero el muy amigo no me las envió hasta ayer viernes. Me imagino sus esfuerzos y todos los programas de arreglo fotográfico lanzándole a la pantalla su “Danger, danger! It does not demand miracles! Nor it expects more, nor milks!”*, ¡qué desespero!
Yo, con la vanidad esperanzada, la verdad, comencé a descargarlas. Sin encomendarme ni a dios, ni al diablo, por lo laico. ¿Quién me mandaría?
La fotografía, cada una de ellas, ¡38, manda huevos!, empezó a desplegarse en mi pantalla de arriba a bajo, y poco a poco, suave, lenta, digo yo que para evitar sustos cordiales, y allí comencé a ver, tras adivinar la casa porticada de la Plaza del Grano al fondo, unos pelinos blancos, vamos, unas señoras canas, seguidas de una frente despejada en exceso, para nada sinónimo de claridad mental, unas cejas ya encanecidas también; el colesterol, el malo, saltándome por los ojos, eso sí, detrás de las prótesis oculares que, en fino y caritativo, llamamos gafas (¿a que son guapas?, todavía recuerdo la cara que puso la señora de la óptica cuando le dije: ¿y no las tiene aún más tipo Azaña?), y sin abandonar esa mirada costumbrista o acostumbrada al ¿quién soy?, ¿de dónde vengo?, ¿a dónde voy?, y al “esto no me lo habían contado”. A esa altura ya me tuve que presentar, porque no me reconocía. Y si me reconocí a tal fin, fue por el cierto parecido que mantengo con los que sé mis hermanos, recién vistos y compartidos y vividos en Puerto de Vega.
Siguió el descenso, nunca mejor dicho, y allí estaban presentes, como siempre, rotundas, nariz y oreja, con su genética generosidad. Mas, ¿y esto que se derrumba, se precipita, desde la nariz? ¡Ah!, son los pómulos. ¡Qué cosa la fuerza de gravedad, verdad!, me consolé.
Del bigote, qué decir, si lo que no es cano, y parece arrubiado, no lo está por resistencia, me da, si no por efectos nicotínicos. Menos mal, algo bueno tenía que tener el fumar. Al menos, regalar una justificación. ¿Y la barbilla? Nada, bien, relajada. Estaba con un amigo, poniendo caras. Lo peor, las mejores posibles. Seguro que me sacaba el Graci, divino de la vida.
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No acabó ahí la cosa. Ya dije que Graciano tiene buen ojo para la fotografía. Pero tampoco hay que pasarse de realista, Graci, que me sacaste hasta los apellidos. Se lo juro, te lo juro. Aun fueron, estos y su representación física en cada uno de los hermanos, tema de conversación, y también risa, cierto, en el citado fraternal encuentro del pasado sábado. Porque sí, verás, ese mollete que deja traslucir el niqui -¡me va a oír el de Kiabi!-, en el que parece que la nuca almacena excedentes de conciencia, esa prominencia que parece, tal que diana de puntilla, reclamar un descabello, eso es el García. Y eso que llevo, señorial, procuro, llevamos todos, y que también y tan bien me sacaste entre la barbilla y lo que se supone nuez y no lo es, esa papada –lugar de mimos maternos, ¡ahí va, la memoria!- eso es el Campal.
Me reí. Me reí mucho. Quizás fuese por no llorar, pero me reí de lo lindo. Récord, vamos. Eso sí, vanidad y esperanza acabaron en blanco y negro.
Ahora ando pensando si ponerme políticamente borde con todos una temporada y después ir a ver a los del diverso y vario patrimonio por si les saco una subvención para la conservación de estas ruinas, y de las que no se ven, y me vengo a Bocamar a mis ocasos y cosas y a cambio les dejo tranquilos. No creo. Pero, ¿a que estaría bien?
* Conste, yo quería traducir: ¡Peligro, peligro! ¡No pida milagros! ¡Ni espere, ni leches!
