Jueves 09 de febrero de 2012 | Actualizado a las 22:16 h.
Enamorados
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Alguna vez, alguien muy allegado a la doña me susurró al oído que era “mejor dejarla actuar en sus distintos cargos políticos, que no acuciando a quien se pusiera por delante en su vida profesional, como inspectora de hacienda”. Y se quedó tan pancho. Puro miedo a perder las prebendas con las que ha ido pasando la vida sin dar un palo al agua. No, no me gusta Isabel Carrasco como política.
A pesar de que ha mandado y mucho en la provincia mientras fue delegada de Castilla y León en León o después consejera de Economía y Hacienda en el ejecutivo autonómico o presidenta de la Diputación Provincial. Alguna de sus decisiones en estos tres cargos me habrá rozado, por el mero hecho de ser vecino de La Bañeza, provincia de León. Pero la democracia es como es y esos cargos, a los que llegó de forma legítima, no tienen vuelta de hoja. A no ser la de opinar y juzgar cada una de sus decisiones. Cosa que en esta columna no voy a hacer. Ya digo, no me gusta esta señora como política, pero he de conformarme con que sus decisiones no perturben mi existencia ni mi libertad.
Pero, por lo que no paso es por su último capricho: ser presidenta de Caja España y su fusión con Caja Duero. Ahí sí que no. Porque me atañe. Ese caprichito de la doña son palabras mayores. Lo leía el otro día en este periódico, según una información de mi buen amigo y director Javier Calvo. Y desde luego, conociendo como conozco a doña Isabel Carrasco, cuando se le mete algo en la faltriquera de sus caprichos, todo puede ser si, antes, la soga no se rompe.
Mis ahorros en la ahora Caja España apenas pasan de cuatro pesetas de nada. Pero tacita a tacita, uva a uva iba llenando la vieja la cuba. El presidente propuesto por un consejo (ay Dios, qué nombrecito), en principio, el actual Santos Llamas, parece ser que no le gusta a su también actual vicepresidenta, la tal Isabel Carrasco. A mí tampoco me gusta ni me ha gustado, porque fue promovida su llegada por esta doña y algunos más, en detrimento en mi buen amigo Victorino González Ochoa, que sabía de lo que iba la cosa. Pero bueno. Eran rarezas de tiempo muerto, mientras se consolidaba la fusión.
Otra cosa que también tiene su deaqué. Aunque parece ser que no había más remedio que juntarse para que no marchara todo a freír espárragos. A pesar de que nadie preguntó a los ahorradores. Otro nombre que tampoco gustaba a la niña Isabel (“niña Isabel, ten cuidado, con el amor y el pecado”, dice la vieja canción de ronda) ha sido su compañero de partido y a quien sucedió (o suicidó) en el cargo de presidenta de la Diputación, Javier García Prieto (“Dios, qué buen vasallo si oviesse gran señor”, dice el Cantar de Mío Cid). Qué pena, oye. Por segunda vez consecutiva Doña Isabel se va a cargar a un gran trabajador, a un profesional de la vida pública, a un gran político. Oseáse, a mí si me gusta. Y a muchos más.
He seguido la trayectoria política de Isabel Carrasco desde que en 1987, José María Aznar la nombró delegada de Castilla y León en la provincia. Desde la barrera de la información vi, desde el principio, el pie del que cojeaba la doña. Después, como consejera, se apartó más de la perspectiva de mi ámbito informativo, aunque siguió en sus trece. Fui testigo de muchas de las maniobras para hacerse con la presidencia del partido, desde la que departió después, a diestro y siniestro, contra todos aquellos que podían hacerle sombra o que no cumpliesen sus deseos. Y, por suerte, he quedado al margen, por mi jubilación, de aguantar los carros y las carretas de sus soflamas, siendo presidenta de la Diputación Provincial. Pero sigue sin gustarme Isabel Carrasco como política.
Sí, ya sé que con apenas cuatro pesetas en la cuenta de ahorro poca, ninguna influencia puedo tener para hacer escuchar mi voz, nuestra voz, la de los ahorradores. Pero, a lo peor, tacita a tacita…, uva a uva va llenando la vieja la cuba y las cuatro pesetas de mi libreta se juntan a otras miles de libretas de cuatro pesetas al fondo, para hacer la revolución de los que debíamos mandar. O al menos, decir que no nos gusta para presidenta de Caja España/Duero doña Isabel Carrasco. Y repito, a mí, nunca me ha gustado como política (pero no me atañe) y ahora tampoco como presidenta cajaria (que sí me atañe). Lo dicho. Uva a uva…
