Jueves 09 de febrero de 2012 | Actualizado a las 20:53 h.
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“De los que conozco es, sin duda, el más completo a la hora de trazar el discurrir de la vida de Santiago. En el barroco no era tan normal que existieran retablos tan completos sobre un santo. Lo que sí solía ocurrir es que muchos retablos mezclaban escenas del santo con otras de la vida de Jesús o de la Virgen, pero no esta profusión centrada en exaltar la figura del santo, además, en este caso, en sus tres vertientes: el Santiago peregrino, el de la Virgen del Pilar y el Matamoros”, detalla a la agencia Ical el riosecano Ramón Pérez de Castro, profesor de Historia del Arte de la Universidad de Valladolid.
Las recientes e intensas lluvias se han filtrado, como ocurre desde siempre, al interior del templo y el agua aflora sobre el suelo de piedra, dando un aire de irrealidad al conjunto escultórico, realizado entre 1703 y 1705 y encajado a la perfección en el gigantesco ábside de la iglesia. Sus dimensiones monumentales, cinco calles y tres cuerpos, monopolizan la atención del visitante, en una iglesia ya de por sí inmensa.
“Tiene un planta de salón, un gran salón litúrgico, y el retablo se te viene encima, con una presencia majestuosa. Es un retablo muy estilizado, muy elevado, muy dividido en cuerpos, una idea un poco arcaica a esas alturas. No era nada habitual sino más propia de un periodo anterior”, explica Pérez de Castro, quien distingue el retablo riosecano, realizado sobre trazas y condiciones de Joaquín de Churriguera, de sus contemporáneos por “varias circunstancias especiales”.
“Si comparamos este retablo con otros de Churriguera, por ejemplo el retablo mayor de la Clerecía de Salamanca, todos los demás tienen muchísima arquitectura y el relieve queda en segundo lugar. Este caso es completamente distinto por la voluntad que tenían de trazar la historia de Santiago punto por punto; por su ubicación en un espacio muy amplio... Es probable que también tuviera mucho que ver que desde que se concibió había una voluntad de que tuviera muchos relieves, entre otras cosas porque el que los hizo, el berciano Tomás de Sierra, era pariente de los que habían puesto el dinero, Juan Álvarez Valverde y María de Paz”, puntualiza el historiador del Arte.
La completa crónica de la vida de Santiago arranca en el banco del retablo, donde se retrata al apóstol y a su hermano siguiendo a Cristo; a los dos echando las redes ante la mirada del Hijo del Hombre; a Cristo enviando a los apóstoles a predicar; y a éste escogiendo a los doce.
Preside el primer cuerpo, y todo el conjunto, la única escultura de Santiago procedente de un retablo anterior y atribuida a Pedro de Bolduque. A izquierda y derecha, la Transfiguración y la Oración del huerto, dos pasajes evangélicos en los que Santiago tuvo un protagonismo especial.
En el segundo cuerpo, y sobre un friso de pequeños relieves con otros pasajes de la vida del apóstol, se alza la aparición de la Virgen al Zebedeo en Zaragoza; la madre de los dos hermanos intercediendo por ellos ante Cristo; y la resurrección de la hija de Jairo.
Culmina el retablo, en el ático, la imagen de Santiago a caballo, con bandera y espada; su martirio; el traslado de sus restos en un barco de vela hasta Finisterre; el cierre de su sepulcro; y la comparecencia de sus dos fieles discípulos Teodoro y Atanasio con los restos, ya en tierras gallegas, ante la reina Lupa.

Santiago peregrino en el retablo de la iglesia de Santiago de Medina de Rioseco.
“El retablo está muy en relación con el ambiente religioso y cultural de ese momento, tanto por las formas por cómo se expresan éstas. Es muy barroco por el dorado, las expresiones, los gestos, los tipos de columnas... y también por ese discurso aclaratorio de la vida del santo. Poco a poco va recorriendo toda la vida del santo, lanzando un mensaje muy claro, muy didáctico, muy propio del barroco”, concluye Pérez de Castro, para quien los muchos atributos del retablo no eclipsan la grandeza del templo que lo acoge.
“Lo más interesante que puede tener la iglesia es la gran variedad de estilos. Cada momento artístico quiso dejar su Santiago concreto. Es la visión del apóstol Santiago a través de diferentes periodos: el Santiago de las grandes ferias internacionales, de la época de Carlos V; el Santiago de la contrarreforma de comienzos del siglo XVII, a la manera de Herrera, en la fachada principal; y ese Santiago muy barroco de finales del siglo XVIII”, añade el historiador sobre un templo plagado de imágenes jacobeas, la cruz de Santiago, las conchas..., y enclavado en “un barrio de campesinos, ganaderos y obreros”, junto a las calles de los lienzos, los cueros y el palmero y “muy cerca de la judería”.

