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Mañana, pues, hoy, nos encontraremos de nuevo los habituales del curro -yo procuraré evitarlo en la medida de lo posible- y asistiremos a la observación de las dos posturas típicas y tópicas después de las vacaciones. La de quienes se empeñarán en contarnos sus andanzas, como que me interesasen, (¿qué desagradable soy, verdad?), y la de los quejones de turno -que aún soporto menos- que vendrán restregándonos las crisis, la suya propia y la general, por los morros, como que los demás nos apellidásemos Onassis o Botín, en andar por casa, o todo nos fuera de rositas. Así que, por favor, ni lo uno ni lo otro. Guárdese el parlanchín sus gozos, en el silencio duran más sus reconfortantes consecuencias, y cállese también el agorero de la realidad, ya cada cual se administrará sus propias dosis.

Ni falsas alegrías, ni falsas penas. Celebre cada cual el regreso como quiera y no se refocile nadie en balde en el balde de la soberbia, peor hubiese sido quedarse en el camino. Y ejemplos tenemos. Y todo el año. Y, entiéndase, no hablo de resignación, sino de consciencia.
Poco antes de marcharme de asueto veraniego alguien que me conoce poco me preguntó por qué estaba siempre contento y sonriente, no recuerdo la literalidad de la contestación pero vino a ser algo así como que por eso mismo, porque estoy, porque el amanecer de cada día es un regalo no inesperado, pero sí inseguro.
Así que eso, bienvenidos. Y a lo del estrés postvacacional, ni caso. Tenga cada día su afán y no nos falte voluntad ni suerte para su conquista y cada noche nos teja, mientras dormimos y descansamos, o no, una luz, un sol, un nuevo día con sus propios anhelos, alegrías y sinsabores y ganas de vivirlos. Al fin y al cabo el plazo para el suicidio está siempre abierto. No se me instalen voluntariamente en la agonía, no desprecien lo por venir, lo por vivir. Sean bienvueltos. A resistir y vencer. ¡Podremos!, por más sapos que haya, que haberlos, haylos.
Juan García Campal
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