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OPINIÓN POR POLO FUERTES
Y al final, se arma el cristo padre
Decía siempre mi padre (un rojo de toda la vida) que en llegando a cierta edad...,
27/11/2008
CON VENTANAS A LA CALLE
...como es mi caso, había que ponerse a bien con Dios y con la salud. A mí ya me toca y estoy en ello. De siempre he sido creyente a machacamartillo (sin dar muy fuerte, por si acaso no suena el golpe sobre la otra mano) y lo de Dios lo voy llevando (aunque no comulgue, ni poco ni mucho ni nada con la clerecía que nos invade). Lo de la salud, ya se sabe, en lista de espera, para recomponer achaques.

Sin embargo, con este ganado que nos gobierna desde Madrid, se está montando un cristo de padre y muy señor mío, a poco que se haga caso de un ilustre magistrado vallisoletano y se empiecen a quitar crucifijos de las escuelas, por mandato legal. Y no por inercia, como ha sido hasta ahora.

Ya se sabe, el baranda de la Moncloa insinúa la denominada laicidad de la sociedad, y ya la pueden armar el grupito de abencerrajes, que siempre hay en cada época, para destornillar cruces de encima de los encerados, en este caso, o prender fuego a iglesias y conventos por muy patrimonio popular que sean. Va a hacer 28 años el 23 de febrero que unos autocares cargados de guardias civiles entraron a saco en el Congreso de los Diputados y un grupo de carnavaleros de mi pueblo (La Bañeza), que aquella noche-madrugada rematábamos los disfraces para el carnaval de aquel año, solo se nos vino a la cabeza un temor, alrededor de una frase: "Estos beneméritos nos van a joder el carnaval". Pues eso, que se puede armar el cristo padre.

Conocí a un ateo murciano en mis años de Madrid, que decía: "Creer no creo mucho (el cabrón no creía nada), pero a mi Virgen de la Fuencisla que no me la toque ni Dios". Años después, otro conocido ilustre leonés hacia lo propio con la Virgen del Camino. ¡Manda güevos! Esto es lo que pasa con lo de la laicidad de perra gorga que pregonan los mandamases del momento y aplican unos acólitos descerebrados.

No sé si será el caso en los denunciantes de Valladolid que hacen quitar del colegio Macías Picavea el crucifijo de las aulas por mandato legal (judicial). Pero solo faltaba que fueran furibundos papones de la famosísima Semana Santa pucelana. Sería la leche (que lo puede ser). Porque claro, si desaparece el crucifijo de las escuelas, no pueden pintar nada ya los nazarenos, los ecce homos, las piedades, los cristos, los romanos, los sermones de las siete palabras… de toda la geografía española. No será así, porque el grupo hostelero todavía pesa mucho y, además, está en crisis.

Y claro, esta laicidad que nos puede invadir borrará del calendario las fiestas navideñas. Porque si a Cristo no lo podemos crucificar en la cruz, lo de hacerlo nacer en un portal de Belén no tiene razón de ser y celebrarlo con turrones, villancicos y mil cavas. Creo, espero que no sea así. Por una buena razón, si los hosteleros pesan aún en el apartado económico, lo hacen mucho más los jefes del Corte Inglés, de Eroski o del Carrefur (o como dice mi amigo Fulgencio "Léase Continente). Y estos son peor que topar con la Iglesia, oye.

Y siguiendo con los posibles daños colaterales, que se olviden los pueblos de cualquier fiesta patronal, que siempre llevan en el cartel anunciador el santo correspondiente, alguna advocación de la Virgen María, una vera cruz o un Cristo con todas las de la ley. Y todo lo que arrastra. ¿O no lo creen así los preclaros denunciantes del colegio Macías Picavea? Si Don Ricardo Macías, este gran filósofo, pensador, periodista, padre del 'Regeneracionismo', escritor y gran y verdadero progresista santanderino levantara la cabeza correría a gorrazos a estos laicos de perra gorda de Valladolid.

Pero hay más, y ahí me toca directamente al corazón. Sino hay calendario religioso, sino hay Semana Santa, ¿qué pueden pintar unas fiestas de carnaval, pecado y tente tieso para poder arrepentirse durante los 40 días de la Cuaresma?

Que dejen de joder con la pelota, no vaya a ser que les pase lo que me pasó a mí en mis años de Humanidades, en un colegio conciliar de Salamanca. Entrábamos en clase riéndonos y cachondeándonos de lo que habíamos hecho en el recreo, cuando el cura-profesor de turno (no digo el nombre por si acaso no se ha muerto) levantó la voz y me preguntó directamente: "¿De quién se ríe usted, señor Fuertes Carracedo, del crucifijo o de mí?, mientras señalaba al Cristo que pendía sobre la mesa profesoral.

La disyuntiva era jodida. Entonces, en mi ignorancia e inocencia de prepubertad (si decía de él me iba a moler a palos, me propuse) respondí sin pensarlo mucho: "Del crucifijo". La primera hostia debió de oírse hasta en el puerto de Béjar. Después cayeron más, muchas más, mientras rodaba entre la tarima y los pupitres. A la vez que gritaba el clérigo "Hereje, hereje, te voy a mandar desde aquí directamente a los infiernos". Como para no defender ahora al crucifijo en las aulas.
 

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